El desafío de Moshé

Everyone is a leader

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Fue la peor crisis en la vida de Moshé. Incitados por la "multitud mezclada", los israelitas se quejan de la comida:

"¡Quién nos diera carne para comer! Recordamos el pescado que comíamos en Egipto gratuitamente, y también los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos. Pero ahora hemos perdido el apetito; no vemos nada más que este maná."

Núm. 11:4-6

Fue una muestra espantosa de ingratitud, pero no era la primera vez que los israelitas se comportaban de esa manera. Tres episodios anteriores están registrados en el libro de Éxodo (capítulos 15-17), inmediatamente después del cruce del Mar Rojo. Primero, en Mará, se quejaron de que el agua era amarga. Luego, en términos más agresivos, protestaron por la falta de comida: "¡Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en Egipto! Allí nos sentábamos junto a ollas de carne y comíamos todo el pan que queríamos, pero ustedes nos han sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta congregación." Más tarde, en Refidim, murmuraron por la ausencia de agua, lo que llevó a Moshé a decirle a Dios: "¿Qué haré con este pueblo? ¡Poco falta para que me apedreen!" (Éx. 17:4)

El episodio de la parashá de esta semana – en el lugar que llegó a conocerse como Kivrot Hataavá – no fue, entonces, el primer desafío de este tipo que enfrentó Moshé, sino el cuarto. Sin embargo, la reacción de Moshé esta vez es nada menos que una desesperación total:

"¿Por qué has tratado tan mal a Tu siervo?", preguntó Moshé al Señor. "¿Por qué he hallado tan poco favor ante Tus ojos como para que pongas sobre mí la carga de todo este pueblo? ¿Acaso fui yo quien concibió a todo este pueblo? ¿Fui yo quien los dio a luz, para que me digas: ‘Llévalos en tu seno como una nodriza lleva a un niño’, a la tierra que juraste a sus padres? ¿De dónde sacaré carne para dar a todo este pueblo cuando vienen llorando ante mí y dicen: ‘¡Danos carne para comer!’? No puedo cargar yo solo con todo este pueblo; la carga es demasiado pesada para mí. Si así es como me tratas, te ruego que me mates ahora mismo, si he hallado favor ante Tus ojos, y no me dejes ver mi propia miseria."

Núm. 11:11-15

Es una explosión extraordinaria. Moshé reza para morir. No es el último profeta de Israel en hacerlo. También Eliahu, Irmiahu y Ioná hicieron lo mismo, haciéndonos comprender que incluso los más grandes pueden tener momentos de desesperación. Sin embargo, el caso de Moshé es particularmente desconcertante. Ya había enfrentado y superado dificultades semejantes. Cada vez, Dios había respondido a las peticiones del pueblo. Había enviado agua, maná y codornices. Moshé lo sabía. ¿Por qué entonces la cuarta protesta del pueblo – "¡Quién nos diera carne para comer!" – provocó en este, el más fuerte de los hombres, lo que parece nada menos que un colapso total?

Igualmente extraña es la reacción de Dios:

"Reúne para Mí a setenta ancianos de Israel, de quienes sabes que son ancianos y oficiales del pueblo, y tráelos a la Tienda de Reunión. Que permanezcan allí contigo. Yo descenderé y hablaré contigo allí, y tomaré parte del espíritu que está sobre ti y lo pondré sobre ellos; ellos compartirán contigo la carga del pueblo y no tendrás que llevarla tú solo."

Núm. 11:16-17

Sin duda, esta es una respuesta a la queja de Moshé: "No puedo cargar yo solo con todo este pueblo". Sin embargo, tanto la queja como la respuesta son desconcertantes. ¿De qué manera el nombramiento de ancianos abordaría la crisis interna que estaba atravesando Moshé? ¿Necesitaba ayuda para conseguir carne? Claramente no. O aparecería milagrosamente o no aparecería en absoluto. ¿Necesitaba compartir las cargas del liderazgo? La respuesta nuevamente es no. Ya antes, no mucho tiempo atrás, siguiendo el consejo de su suegro Itró, había creado una estructura de delegación. Itró había dicho:

"Lo que estás haciendo no está bien. Te agotarás completamente, tanto tú como este pueblo que está contigo. La tarea es demasiado pesada para ti; no puedes hacerla tú solo. Ahora escúchame, voy a darte un consejo, y que Dios esté contigo. Tú representa al pueblo delante de Dios y lleva sus asuntos ante Él. Debes enseñarles Sus decretos y leyes, y mostrarles el camino por el que deben andar y las obras que deben hacer. Pero además debes escoger de entre todo el pueblo hombres capaces – temerosos de Dios, dignos de confianza y enemigos del soborno – y ponerlos sobre el pueblo como jefes de miles, centenas, cincuentenas y decenas."

Éx. 18:18-21

Moshé actuó siguiendo esa sugerencia. Ya tenía asistentes, delegados, un equipo de liderazgo. ¿En qué sentido este nuevo nombramiento de setenta ancianos marcaría una diferencia?

Además, ¿por qué el énfasis en la respuesta de Dios sobre el espíritu? "Tomaré del espíritu que está sobre ti y lo pondré sobre ellos". ¿Por qué los ancianos necesitaban convertirse en profetas para ayudar a Moshé? Ser profeta no ayuda a alguien a llevar cargas administrativas u otras responsabilidades de liderazgo. Solo ayuda a saber qué orientación dar al pueblo – y para eso, un solo profeta, Moshé, es suficiente. Dicho con más precisión, o los setenta ancianos transmitirían el mismo mensaje que Moshé o no lo harían. Si lo hacían, serían superfluos. Si no lo hacían, socavarían su autoridad, precisamente lo que Ieoshúa temía en Núm. 11:28.

Consciente de las múltiples dificultades del texto, Rambán ofrece la siguiente interpretación:

Moshé pensó que, si hubiera muchos líderes, ellos apaciguarían la ira del pueblo hablándoles al corazón cuando comenzaran a quejarse. O también es posible que, cuando los ancianos profetizaran y el espíritu estuviera sobre ellos, el pueblo supiera que los ancianos habían sido establecidos como profetas y no se reunirían todos contra Moshé, sino que también acudirían a ellos con sus demandas.

Ambas sugerencias son profundas, pero ninguna está exenta de dificultades. La primera – que los ancianos se convertirían en pacificadores entre el pueblo – no requería un nuevo cuerpo de liderazgo. Moshé ya tenía jefes de miles, centenas, cincuentenas y decenas. La segunda – que su presencia dispersaría la ira del pueblo al darles muchas personas, y no una sola, a quien dirigirse para quejarse – también es difícil de entender. Recordamos que cuando el pueblo tuvo a otra persona a quien recurrir con sus inquietudes (Aarón), eso condujo a la fabricación del Becerro de Oro. ¿Por qué Dios no "tomó del espíritu" que estaba sobre Moshé y lo puso sobre Aarón en ese momento? Habría evitado la mayor catástrofe de los años en el desierto. Además, no encontramos que los setenta ancianos hicieran realmente algo en Kivrot Hataavá. El texto incluso dice: "Cuando el espíritu reposó sobre ellos, profetizaron, pero no volvieron a hacerlo". [1] ¿Cómo entonces este flujo único e irrepetible del espíritu profético produjo una diferencia? Cuanto más reflexionamos sobre el pasaje, más se multiplican las dificultades.

Sin embargo, algo ocurrió. La desesperación de Moshé desapareció. Su actitud se transformó. Inmediatamente después, es como si un nuevo Moshé se presentara ante nosotros, imperturbable incluso frente a los desafíos más serios a su liderazgo. Cuando dos de los ancianos, Eldad y Medad, profetizan no en la Tienda de Reunión sino en el campamento, Ieoshúa percibe una amenaza a la autoridad de Moshé y dice: "¡Moshé, mi señor, detenlos!" Moshé responde, con una extraordinaria generosidad de espíritu: "¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y el Señor pusiera Su espíritu sobre ellos!" En el capítulo siguiente, cuando su propio hermano y hermana, Aarón y Miriam, comienzan a hablar contra él, no hace nada: "Y aquel hombre, Moshé, era muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra." De hecho, cuando Dios se enoja con Miriam, Moshé reza por ella. La desesperación ha desaparecido. La crisis ha pasado. Estos dos desafíos eran mucho más serios que la petición del pueblo de tener carne, y sin embargo Moshé los enfrenta con confianza y serenidad. Algo ocurrió entre él y Dios y quedó transformado. ¿Qué fue?

Para comprender la secuencia de los acontecimientos debemos primero situarlos en su contexto histórico. El Rabino Moshe Lichtenstein, en su profundo libro sobre el liderazgo de Moshé, Tzir veTzon (Alon Shvut, 5762), señala que hay un marcado cambio de tono entre el libro de Éxodo y el libro de Números. Las quejas no cambian, pero sí cambian las respuestas de Dios y de Moshé. En Éxodo, Dios no se enoja con el pueblo o, si lo hace, las plegarias de Moshé logran apartar Su ira. En Números, las respuestas – a veces de Dios, a veces de Moshé – son mucho menos indulgentes. ¿Qué cambió?

El Rabino Lichtenstein – correctamente, en mi opinión – sugiere que la volatilidad inicial del pueblo era perdonable. Sin duda, debían haber tenido fe en Dios, pero nunca antes habían enfrentado el Mar Rojo, el desierto o la falta de comida y agua. Su mayor transgresión – la fabricación del Becerro de Oro – conduce a una larga pausa en la narrativa, esencialmente desde Éxodo capítulo 25 hasta Números capítulo 11. Durante este período, en respuesta a la plegaria de Moshé por el perdón, Dios instruye al pueblo a construir un Santuario que garantice Su presencia constante entre ellos.

Gran parte de la segunda mitad de Éxodo, todo el libro de Vaikrá y los primeros diez capítulos de Números están dedicados a los detalles del Santuario, el servicio que debía realizarse allí y la reconstitución de Israel como una nación santa acampada, tribu por tribu, alrededor de él. Toda esta secuencia de 53 capítulos, ambientada en el desierto del Sinaí, es una especie de momento meta-histórico, una pausa en el viaje de los israelitas de un lugar a otro. El tiempo y el espacio quedan suspendidos. Entre los acontecimientos gemelos de la entrega de la Torá y la construcción del Tabernáculo, los israelitas son transformados de una masa indisciplinada de esclavos fugitivos en una nación cuya constitución es la Torá, cuyo soberano es solo Dios y en cuyo centro (física y metafísicamente) se encuentra el Santuario (Mishkán), el signo visible de la Presencia Divina. Los israelitas ya no eran lo que habían sido antes de llegar al Sinaí. Ahora eran "un reino de sacerdotes y una nación santa".

De allí la desesperación de Moshé cuando murmuraron por la comida. Ya lo habían hecho antes. Pero antes eran diferentes. Aún no habían atravesado las experiencias transformadoras que los moldearon como nación. Lo que quebró el espíritu de Moshé fue el hecho de que, apenas abandonaron el desierto del Sinaí para reanudar el viaje, volvieron a sus antiguos hábitos de queja como si nada hubiera cambiado. Si la revelación en Sinaí, la experiencia de la ira Divina tras el Becerro de Oro y el largo esfuerzo de construir el Tabernáculo no los habían cambiado, ¿qué podría hacerlo? La desesperación de Moshé es totalmente comprensible. Por primera vez desde el comienzo de su misión, podía ver la derrota frente a él. Nada – o eso parecía – ni milagros, ni salvaciones, ni revelaciones, ni labor creativa, podía transformar a este pueblo de una nación obsesionada con la comida en una que comprendiera el significado del singular destino ético y espiritual al que había sido llamada. Quizás Dios, desde la perspectiva de la eternidad, podía ver algún rayo de esperanza en el futuro. Moshé, como ser humano, no podía. "Preferiría morir", expresa, "antes que pasar el resto de mi vida trabajando en vano".

Llegamos ahora al terreno de la especulación. Puedo estar equivocado (y el Netziv lo plantea de otra manera en su introducción a Haamek Davar, sección 5), pero interpreto la secuencia de los acontecimientos de la siguiente forma:

Puede llegar un momento en la vida de cualquier líder verdaderamente transformador en que el sol de la esperanza quede eclipsado por las nubes de la duda – no acerca de Dios, sino acerca de las personas y, sobre todo, acerca de uno mismo. ¿Estoy realmente marcando una diferencia? ¿Me estoy engañando cuando creo que puedo cambiar el mundo? He intentado, he dado lo mejor de mis energías e inspiración, y sin embargo nada parece alterar la deprimente realidad de la fragilidad humana y la falta de visión. Le he dado al pueblo la palabra misma de Dios, y aun así siguen quejándose, siguen pensando únicamente en las incomodidades del presente y no en las vastas posibilidades del mañana. Esa desesperación (lehavdil, Winston Churchill, que la padecía, la llamaba el "perro negro") puede afectar incluso a los más grandes (repitiendo, no solo a Moshé sino también a Eliahu, Irmiahu y Ioná renazon para morir). Moshé fue el más grande de todos. Por eso Dios le dio el mayor regalo de todos, uno que nadie más ha recibido jamás.

Dios permitió que Moshé viera la influencia que había tenido sobre otros. Por un breve instante Dios tomó "del espíritu que está sobre ti y lo puso sobre ellos", para que Moshé pudiera ver la diferencia que había marcado en un grupo, los setenta ancianos. Moshé no necesitaba nada más. No necesitaba su ayuda. No necesitaba que siguieran profetizando. Todo lo que necesitaba era una visión transparente de cómo su espíritu se había transmitido a ellos. Entonces supo que había hecho una diferencia. Poco podía imaginar que él – que durante toda su vida no encontró entre los israelitas más que quejas, desafíos y rebeliones – tendría una influencia tan decisiva que el pueblo de Israel, 3.300 años después, seguiría estudiando y viviendo según las palabras que transmitió; que había ayudado a forjar una identidad que demostraría ser más resistente que cualquier otra en la historia de la humanidad; que, desde la perspectiva completa de la retrospectiva histórica, sería reconocido como el líder más grande que haya existido. Él no sabía estas cosas; no necesitaba saberlas. Todo lo que necesitaba era ver que setenta ancianos habían interiorizado su espíritu y habían hecho suyo su mensaje. Entonces supo que su vida no había sido en vano. Tenía discípulos. Su visión no era solo suya. La había sembrado en otros. Otros continuarían su labor después de su vida. Eso fue suficiente para él, como debe serlo para nosotros. Una vez que Moshé supo esto, pudo enfrentar cualquier desafío con serenidad (excepto, muchos años después, en Kadesh, pero esa es otra historia).

Entendido así, hay un mensaje en la crisis de Moshé para todos nosotros (esa es, sin duda, la razón por la que está relatada en la Torá). Recuerdo cuando falleció mi querido padre z”l y nosotros – mi madre y mis hermanos – estábamos sentados en la shivá. Una y otra vez llegaban personas para contarnos actos de bondad que él había hecho por ellos, en algunos casos más de cincuenta años antes. Desde entonces he descubierto que muchas personas que han estado sentadas shivá han tenido experiencias similares. Qué conmovedor pensé, y al mismo tiempo qué triste, que mi padre z”l no estuviera allí para escuchar esas palabras. Cuánto consuelo le habría dado saber que, a pesar de las muchas dificultades que enfrentó, el bien que hizo no había sido olvidado. Y qué trágico que tan a menudo guardemos nuestro sentimiento de gratitud para nosotros mismos, expresándolo en voz alta solo cuando la persona a quien le debemos algo ya ha dejado este mundo y nosotros estamos consolando a sus deudos.

Quizás esa sea precisamente la condición humana. Nunca sabemos realmente cuánto hemos dado a otros – cuánto una palabra amable, una acción considerada o un gesto de consuelo cambia vidas y nunca es olvidado. En este sentido, si no en ningún otro, somos como Moshé. Él también era humano; no tenía acceso privilegiado a la mente de otras personas; sin un milagro, no podía saber la influencia que había tenido sobre quienes estaban más cerca de él. Toda la evidencia parecía sugerir lo contrario. El pueblo, incluso después de todo lo que Dios y él habían hecho por ellos, seguía siendo ingrato, quejoso, rápido para criticar y protestar. Pero eso era solo la superficie. Por un momento Dios le dio una visión de lo que había debajo de la superficie. Le mostró cómo el espíritu de Moshé había penetrado en otros y los había elevado, aunque fuera brevemente, al nivel de la visión profética.

Dios no hizo esto por ninguna otra persona – ni entonces ni ahora. Pero si eso fue suficiente para Moshé, es suficiente para nosotros. El bien que hacemos vive después de nosotros. Es lo más grande que permanece. Podemos dejar una herencia de riqueza, poder o incluso fama, pero esos son beneficios dudosos y a veces perjudican más que ayudan a quienes los reciben. Lo que dejamos a otros es una huella de nuestra influencia para el bien. Puede que nunca la veamos, pero está allí. Esa es la mayor bendición del liderazgo. Solo ella es el antídoto contra la desesperación, el terreno firme de la esperanza.


[1] Este es el sentido literal de Num. 11:25 según la mayoría de los comentaristas, aunque el Targum lo lee de manera diferente.

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