¿Qué cuenta?

Nasó5773, 5786
Abraham and the stars

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La parashá de esta semana comienza con una continuación del censo iniciado en la de la semana pasada – el acto que da a todo el libro su nombre en inglés: el libro de “Números”. Sin embargo, hay dos cosas desconcertantes. La primera es el propio acto de contar al pueblo. La tradición judía transmite dos actitudes muy diferentes – aparentemente contradictorias – respecto de realizar un censo.

Rashi señala que esta no era la primera vez que el pueblo era contado. Su número (“unos seiscientos mil hombres de a pie, sin incluir mujeres y niños”) ya había sido mencionado cuando se preparaban para salir de Egipto (Éx. 12:37). Un cálculo más preciso se realizó cuando cada varón adulto entregó medio shekel para la construcción del Santuario (dando un total de 603.550; Éx. 38:26). Ahora se estaba llevando a cabo un tercer conteo. ¿Por qué tantos cálculos repetidos?

La respuesta de Rashi es sencilla y conmovedora:

Porque ellos (los hijos de Israel) son queridos para Él, Dios los cuenta con frecuencia. Los contó cuando estaban por salir de Egipto. Los contó después del Becerro de Oro para determinar cuántos quedaban. Y ahora que estaba por hacer reposar Su Presencia sobre ellos (con la inauguración del Santuario), los contó nuevamente.

Rashi sobre Bamidbar 1:1

Para Rashi, el conteo del pueblo era un acto de amor Divino. Sin embargo, esa no es la impresión que recibimos en otros lugares. Por el contrario, la Torá considera el acto de realizar un censo como algo profundamente peligroso:

Entonces el Señor dijo a Moshé: “Cuando hagas el censo de los hijos de Israel, al contarlos, cada uno deberá dar al Señor un rescate por su vida, para que no haya plaga entre ellos cuando los cuentes”.

Éx. 30:11-12

Siglos más tarde, cuando el rey David contó al pueblo, hubo un momento de ira Divina en el que murieron 70.000 personas. Parece difícil reconciliar la idea de contar como un acto de amor con el hecho de que contar implique un gran riesgo.

La segunda fuente de perplejidad es la expresión que utiliza la Torá para describir el acto de contar: naso/seu et rosh, literalmente, “levantar la cabeza”. Existen muchos verbos disponibles en el hebreo clásico para indicar el acto de contar: limnot, lifkod, lispor, lajshov. ¿Por qué, en los libros de Éxodo y Números, la Torá recurre a esta extraña circunlocución, “levantar las cabezas” de los israelitas?

Para comprender la revolución que la Biblia hebrea introdujo en el mundo, primero debemos entrar imaginativamente en las consecuencias que tuvo para la humanidad el nacimiento de la civilización. En las primeras sociedades de cazadores-recolectores, las personas vivían juntas en pequeños grupos. Aún no existían ciudades, estados ni grandes concentraciones de población. La Torá atribuye la construcción de la primera ciudad a Caín (ver Gén. 4:17) . Las ciudades surgieron con el nacimiento de la agricultura – en la fértil llanura aluvial de Mesopotamia entre el Tigris y el Éufrates, y en el bien irrigado delta del Nilo.

Dos veces en el libro de Génesis la Torá esboza un retrato de la cultura urbana: primero, la Torre de Babel; segundo, Egipto, adonde Yosef es llevado como esclavo. Ambos son relatos profundamente críticos. En Babel, la vida humana era barata (cuando se construía la Torre, decían los Sabios, si una persona caía y moría, nadie lo notaba. Si caía un ladrillo, lloraban). En Egipto, poblaciones enteras – entre ellas, eventualmente, los hijos de Israel – podían ser forzadas a servir como mano de obra para construir pirámides, templos y monumentos, muchos de los cuales aún permanecen hoy.

El nacimiento de la agricultura y el crecimiento de las ciudades tuvieron enormes implicancias sociales. Por primera vez, era posible acumular riqueza excedente y almacenarla en forma de dinero (inicialmente, metales preciosos como plata y oro). Asimismo, a medida que las poblaciones crecían y la división del trabajo se volvía más elaborada, comenzó la estratificación social. La desigualdad – profunda, generalizada y sistémica – se convirtió en una de las características universales de las primeras sociedades. En la cima estaba el rey, emperador o faraón, considerado nada menos que un dios o hijo de los dioses, que concentraba un inmenso poder. Debajo de él estaban los distintos niveles de privilegio: círculos cortesanos, jefes militares, administradores y sacerdotes. La masa del pueblo – pobre, analfabeta y prescindible – era significativa únicamente como ejército o fuerza de construcción, como masa, por el mero peso de los números. De ahí la importancia de los censos en el mundo antiguo (y en este aspecto, poco ha cambiado hasta hoy). El tamaño significaba fuerza, militar o económica. Los censos proporcionaban a los gobernantes información sobre el tamaño del ejército que podían reunir o de los ingresos que podían recaudar mediante impuestos.

La religión de Israel es una protesta sostenida contra esta visión – militar, política y económica – de la situación humana. A esta distancia en el tiempo, es difícil apreciar plenamente la asombrosa novedad, el potencial transformador, del conjunto de ideas generado por una única revelación: que la persona humana como tal, hombre o mujer, rico o pobre, poderoso o impotente, es imagen de Dios y por lo tanto posee un valor no negociable e inconmensurable. Cada uno de nosotros es igualmente imagen de Dios; por eso, somos iguales en la presencia de Dios. Gran parte de la Torá, de la historia judía y del desarrollo de la civilización occidental trata sobre la lenta traducción de esta idea en instituciones, estructuras sociales y códigos éticos.

Ahora debería quedar claro por qué realizar un censo está cargado de riesgo espiritual. Contar a un pueblo es el símbolo más poderoso de la humanidad-como-masa, de una sociedad en la que el individuo no es valorado por sí mismo sino como parte de una totalidad cuyo poder reside en los números. Precisamente eso es lo que Israel no es. El Dios de Israel, que es el Dios de toda la humanidad, deposita Su amor especial sobre un pueblo cuya fuerza no tiene nada que ver con los números; un pueblo que nunca se propone convertirse en imperio, que nunca recibe el mandamiento de librar guerras santas para convertir poblaciones, que fue y sigue siendo pequeño tanto en términos absolutos como relativos frente a los imperios que lo rodeaban y rodean, ubicado como está en el vulnerable cruce entre tres continentes.

Ahora quedan respondidas ambas preguntas con las que comenzamos. Hay una diferencia entre un censo humano y uno ordenado por Dios. El de David fue un censo humano. Como segundo rey de Israel, había sentado las bases de una nación. Había librado guerras exitosas, unido a las tribus y establecido Jerusalén como capital. Poco después de su muerte, Israel alcanzó su cenit como potencia en Medio Oriente. Bajo Shelomó, mediante alianzas estratégicas, se convirtió en un centro de comercio y erudición. El Templo fue construido. Debió parecer entonces que, después de muchos siglos de peregrinación y guerra, Israel se había convertido en una potencia rival de cualquier otra. Fue una ilusión breve y cruelmente destruida. Casi inmediatamente después del reinado de Shelomó, el reino se dividió en dos, y desde entonces su destino terrenal quedó sellado. Comenzó una historia de derrotas, exilios y destrucciones que no tiene paralelo en los anales de ninguna otra nación. La Biblia hebrea no se equivoca al ver el punto de partida de esta decadencia en el momento en que David actuó como cualquier otro rey y ordenó un censo del pueblo.

Un censo Divino es completamente distinto. No tiene nada que ver con la fuerza en los números. Tiene que ver, en cambio, con transmitir a cada miembro de la nación que él o ella cuenta; que cada persona, familia y hogar es precioso para Dios; que las distinciones entre grandes y pequeños, gobernantes y gobernados, líderes y dirigidos, son irrelevantes; que cada uno de nosotros es imagen de Dios y objeto de Su amor. Un censo Divino es, como dice Rashi, un gesto de cariño. Por eso no puede describirse mediante los verbos habituales de contar – limnot, lifkod, lispor, lajshov. Solo la expresión naso/seu et rosh, “levantar la cabeza”, hace justicia a este tipo de enumeración, en la que quienes reciben la tarea son ordenados a “levantar la cabeza” de aquellos a quienes cuentan, haciendo que cada individuo se mantenga erguido con el conocimiento de que es amado, apreciado, considerado especial por Dios, y no simplemente un número, una cifra, entre miles y millones.

Hay un maravilloso versículo en el Salmo 147 que recitamos cada mañana en nuestras plegarias: “Él cuenta el número de las estrellas y llama a cada una por su nombre.” Un nombre es una marca de singularidad. Los sustantivos colectivos agrupan las cosas; los nombres propios las distinguen como individuos. Solo aquello que valoramos, lo nombramos (uno de los actos más escalofriantes de deshumanización en los campos de exterminio de la Alemania nazi fue que quienes ingresaban nunca eran llamados por sus nombres. En cambio, se les daba un número, inscrito sobre su piel).

Dios da incluso a las estrellas sus nombres, cuánto más a los seres humanos – sobre quienes ha puesto Su imagen. Dios cuenta para señalarnos que cada uno de nosotros cuenta, por lo que somos como individuos, no en masa. Él “levanta nuestra cabeza” de la manera más profunda conocida por la humanidad, asegurando a cada uno de nosotros Su amor especial, perdurable e inconmensurable.

Esa es la naturaleza del censo en el libro de Números. Mientras los israelitas se preparaban para convertirse en una sociedad con el Santuario – hogar visible de la Presencia Divina – en su centro, debían recordar que estaban llamados a ser los pioneros de un orden social nuevo y revolucionario, cuya definición más famosa fue dada por el profeta Zacarías cuando los israelitas se preparaban para reconstruir el Templo destruido:

“No con fuerza ni con poder, sino con Mi espíritu, dice el Señor”.

Zacarías 4:6

questions spanish table 5783 preguntas paea la mesa de shabat
  1. Piensa en un momento en el que te sentiste visto y valorado como individuo. ¿Qué hizo especial ese momento?
  2. ¿De qué maneras las redes sociales pueden hacer que las personas se sientan como números en lugar de individuos?
  3. ¿Qué podrías hacer esta semana para que alguien sienta que realmente cuenta?

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