El contexto es uno de los relatos más conocidos de la Biblia. Juntos en el Jardín del Edén, rodeados por la rica variedad de la creación, la primera pareja humana tiene todo lo que podría desear, excepto una cosa: un árbol del que tienen prohibido comer. Como era de esperar, esa es precisamente la única cosa que desean. “El agua robada es dulce”, dice el Libro de los Proverbios. Comen; sus ojos se abren; pierden su inocencia; por primera vez sienten vergüenza. Cuando oyen “la Voz de Dios”, intentan esconderse, pero descubren que Dios es alguien de quien no podemos escondernos. Dios les pregunta qué han hecho. Adam culpa a su esposa. Ella culpa a la serpiente. El resultado es el paraíso perdido.
El episodio es rico en sus implicaciones, pero quiero que estudiemos uno de sus rasgos más extraños. A la mujer se le ha dicho que “con dolor dará a luz a sus hijos”. A continuación, Adam recibe la noticia de que tendrá que afrontar una vida de trabajo penoso. Luego aparece una secuencia de tres versículos que parecen no tener ninguna relación entre sí. De hecho, suenan como un completo non sequitur:
“Con el sudor de tu frente”, dice Dios a Adam, “comerás pan, hasta que regreses a la tierra, pues de ella fuiste tomado. Polvo eres y al polvo volverás”. Entonces el hombre llamó a su esposa Eva, porque ella se convertiría en la madre de toda vida. Entonces el Señor Dios hizo vestiduras de piel para Adam y su esposa, y los vistió.
Gén. 3:19-21
Los problemas son evidentes. Adam acaba de culpar a su esposa por haberlo llevado al pecado. También ha sido condenado a la mortalidad. ¿Por qué, precisamente en este momento, se vuelve hacia ella y le da un nuevo nombre? Y ¿por qué, inmediatamente después, cuando están a punto de ser expulsados del Edén, Dios realiza un acto de bondad hacia la pareja, dando dignidad al mismo símbolo de su pecado, las ropas con las que ocultan su vergüenza? El tono parece haber cambiado sin ninguna razón. La amarga acritud de los versículos anteriores se disuelve de repente y, en su lugar, entre Adam y su esposa, y entre Dios y la pareja, aparece una nueva ternura. Rashi está tan desconcertado que sugiere que el versículo intermedio está fuera de la secuencia cronológica. No es el final de la historia del pecado de comer del fruto prohibido, sino el final de la escena anterior, en la que Adam dio nombres a los animales y, al hacerlo, descubrió que no tenía "una compañera adecuada". Como veremos, esa no es la única manera de interpretarlo.
Más extraña aún es la interpretación que da el sabio del primer siglo, Rabí Meir, a la expresión “vestiduras de piel”, “katnot or”. Rabí Meir lee la ayin de la segunda palabra como una alef, “katnot or”, e interpreta así la expresión como “vestiduras de luz”. Es una sugerencia casi mística y profundamente intrigante. ¿Por qué, no cuando estaban en el paraíso, sino cuando estaban a punto de abandonarlo, la pareja fue bañada por el resplandor Divino y vestida con “vestiduras de luz”?
Rabí Elazar ben Azariá dijo: "Es imposible que haya una sesión en la casa de estudio sin alguna nueva interpretación”. Con ese espíritu, veamos si podemos encontrar un nuevo significado en este pasaje.
Cuando oyó las palabras “polvo eres y al polvo volverás”, fue la primera vez que Adam tomó conciencia de su mortalidad. No hay conocimiento de uno mismo más profundo que este: que un día el mundo estará sin nosotros, y nosotros estaremos sin el mundo. Gran parte de la civilización se ha construido alrededor de este único hecho: que nuestras vidas son finitas, un microsegundo en el contexto de la eternidad; que, por mucho que vivamos, nuestro tiempo es limitado y demasiado breve. La Torá guarda silencio sobre cuáles fueron los pensamientos de Adam después de este descubrimiento, pero podemos reconstruirlos. Hasta entonces, la muerte no había entrado en su conciencia, pero ahora sí. Si somos mortales, ¿qué vivirá después de nosotros? ¿Hay una parte de nosotros que continuará, aunque nosotros ya no estemos aquí? Fue entonces cuando Adam recordó las palabras de Dios a la mujer. Ella daría a luz a hijos, con dolor, ciertamente, pero traería nueva vida al mundo.
De repente, Adam comprendió que, aunque morimos, si tenemos el privilegio de tener hijos, algo de nosotros vivirá después: nuestros genes, nuestra influencia, nuestro ejemplo, nuestros ideales. Esa es nuestra inmortalidad. Esta fue una idea que con el tiempo moldeó el carácter del judaísmo entero, en contraste con la mayoría de las culturas antiguas y modernas. La Torre de Babel y los grandes edificios de Ramsés II, las dos visiones más significativas que la Torá nos ofrece de los imperios del mundo antiguo, dan testimonio de la idea de que derrotamos la mortalidad construyendo monumentos que sobrevivan a los vientos y las arenas del tiempo. El judaísmo tenía una idea muy diferente: derrotamos la mortalidad grabando nuestros ideales en el corazón de nuestros hijos, y ellos en el de los suyos, y así hasta el fin de los tiempos. Mientras los mesopotámicos y los egipcios pensaban en edificios, Abraham y sus descendientes pensaban en constructores ("No los llaméis ‘vuestros hijos’, sino ‘vuestros constructores’"). El judaísmo se convirtió en la más centrada en los hijos de todas las religiones.
Pero hay una diferencia significativa entre la inmortalidad personal y la inmortalidad que obtenemos a través de aquellos a quienes damos vida y que vivirán después de nosotros. Esta última no puede alcanzarse en soledad. Hasta que tomó conciencia de su mortalidad, Adam podía pensar en su esposa como una simple ezer kenegdo, normalmente traducida como “una ayudante adecuada”. La consideraba su asistente, no su igual. "Será llamada mujer [isha], porque fue tomada del hombre [ish]". A sus ojos, ella era una extensión de sí mismo.
Ahora sabía que no era así. Sin Eva, Adam no podía tener hijos, y los hijos eran su parte en la eternidad. Ya no podía pensar en ella como una asistente. Ella era una persona por derecho propio, incluso más que él, porque ella, no él, sería quien realmente daría a luz. En este sentido, ella se parecía más a Dios de lo que él podía hacerlo, porque Dios es Aquel que trae nueva vida al ser.
Una vez que hubo pensado estas cosas, terminó el reproche, porque vio que su ser físico, su "desnudez", no era simplemente una fuente de vergüenza. Hay una dimensión espiritual en la relación física entre marido y mujer. En un nivel es el más animal de los deseos, pero en otro se aproxima tanto como podemos al principio mismo de la creatividad Divina, es decir, que el amor crea vida. Fue entonces cuando se volvió hacia ella y, por primera vez, la vio como una persona y le dio un nombre personal, Javá, Eva, que significa “aquella que da vida”. La importancia de este momento no puede ser suficientemente enfatizada. No es que anteriormente Adam hubiera dado a su esposa un nombre y ahora le diera otro. Es que anteriormente Adam no le había dado ningún nombre. La llamaba ishah, “mujer”, un sustantivo genérico, no un nombre propio. (Por cierto, él tampoco había tenido hasta entonces un nombre propio. Simplemente era llamado ha-adam, “el hombre”, una palabra que aparece 21 veces [3 x 7] en este relato inicial. No adquiere un nombre propio hasta que le da a la mujer un nombre propio: Adam).
Con la aparición de los nombres propios nace el concepto de persona. Un sustantivo designa una clase, un grupo de cosas vinculadas por características comunes. Los sustantivos hablan de igualdad y, por lo tanto, de sustituibilidad. Si perdemos un cinturón, podemos comprar otro. Si nos roban el auto, podemos reemplazarlo. “Cinturón” y “auto” son sustantivos, y en ambos casos son objetos definidos por su función.
Un nombre es diferente. No se refiere a una clase o grupo de cosas, sino a un individuo en su individualidad. El principal portador de un nombre es una persona. Solo por extensión damos nombres a seres que no son personas y por los que sentimos un afecto especial, como una mascota, por ejemplo. Los conceptos de “nombre” y “persona” están íntimamente vinculados. No podemos tener uno sin el otro. La verdad ética más importante acerca de las personas es que ninguna es sustituible por otra. Como personas, somos únicos. “Cuando un ser humano hace muchas monedas en el mismo molde”, dijeron los Sabios, "todas salen iguales. [En cambio,] Dios hace a cada ser humano a la misma imagen, Su imagen, y todos son diferentes".
Esto es lo que da dignidad y santidad a la vida humana. Sin ello, no conoceríamos el amor, porque el amor, en su sentido primario, siempre se dirige a una persona: a este hombre, a esa mujer, a este niño, en su singularidad. Quien ama verdaderamente no ama de manera abstracta. El amante de El Cantar de los Cantares nunca se cansa de describir a su amada, su cabello, sus mejillas, sus ojos, su boca, las cosas que hacen que ella sea quien es y no una mujer-en-general.
Esto es también lo que da al amor humano su particular pathos y vulnerabilidad. Sabemos que, al igual que nosotros, nuestro ser amado envejecerá y morirá finalmente, y que nunca podrá ser reemplazado. Si supiéramos que nunca moriríamos, no necesitaríamos indicios de eternidad. Pero como sabemos que un día moriremos, una de las cosas más grandes que pueden sucedernos es ese momento más allá del tiempo, ese momento que sabemos que nunca olvidaremos, cuando dos almas se tocan y entre ellas forman un puente sobre el abismo de la mortalidad. Eso es lo que Shir HaShirim quiere decir cuando afirma: “Fuerte como la muerte es el amor, inexorable como el sepulcro es la pasión” (la idea que Dylan Thomas tradujo en las palabras: “Aunque los amantes se pierdan, el amor no; y la muerte no tendrá dominio”).
En otro nivel, más general, esto es lo que da santidad a la vida humana. “Una sola vida”, dijeron los Sabios, “es como un universo”. Por mucho que algún día los robots puedan llegar a parecerse a los seres vivos, siempre habrá una diferencia fundamental entre una máquina y una persona. Las máquinas pueden ser reemplazadas. Las personas no.
El momento en que Adam se volvió hacia su esposa y le dio un nombre propio, Javá, fue un punto de inflexión en la historia de la civilización. Fue entonces cuando Dios vistió a la pareja con vestiduras de luz. Porque solo cuando nos relacionamos unos con otros como personas dotadas de una dignidad innegociable respondemos a la “imagen de Dios” en el otro. En cierto sentido, todo el judaísmo, o al menos las mitzvot ben adam le-javero, “los mandamientos entre nosotros y nuestros semejantes”, es un comentario extenso sobre esta idea. Las normas de justicia, misericordia, caridad, compasión, consideración hacia los pobres, amor al prójimo y al extranjero, delicadeza en el habla y sensibilidad hacia los sentimientos de los demás que pueden herirse con facilidad, son todas variantes del tema del respeto por el otro ser humano como imagen y semejanza del Otro Divino.
La idea es aún más profunda. Existe una conexión íntima entre la manera en que nos relacionamos con otras personas y la manera en que nos relacionamos con Dios, y esto también se expresa en la diferencia entre un sustantivo y un nombre.
Aunque Dios tiene muchas descripciones, hay dos que son primarias: Elokim y el nombre de cuatro letras que no pronunciamos, conocido generalmente como Hashem. Los Sabios los distinguieron diciendo que Elokim se refiere a la justicia Divina, mientras que Hashem se refiere a la compasión Divina. El poeta y filósofo del siglo XI Iehudá Haleví hizo una distinción diferente. La palabra E-l era utilizada generalmente por los paganos para designar a un dios, con lo que se referían a una fuerza de la naturaleza: el sol, la tormenta, la tierra, el mar y las muchas otras deidades adoradas en la antigüedad. El monoteísmo era y es la insistencia en que ninguna de estas fuerzas o poderes representa la realidad última. Cada una es solamente un segmento de ella. El Dios Uno es la totalidad de todos los poderes. Eso es lo que representa la palabra Elokim. Es un sustantivo colectivo que significa “la fuerza de las fuerzas”. Elokim es Dios tal como lo encontramos en la naturaleza, en la inmensidad y complejidad de la creación.
Hashem, en cambio, no es un sustantivo sino un nombre. Se refiere a Dios no como un poder, ni siquiera como la totalidad de todos los poderes, sino como una persona, un “Tú”. Hashem es Aquel que nos habla y a quien nosotros hablamos, que nos ama como una persona ama, que escucha nuestras plegarias, perdona nuestros fracasos, nos da fuerza en momentos de crisis y nos enseña el camino de la vida. En una de las intuiciones más profundas de la historia del pensamiento judío, Haleví enseñó que la diferencia entre Elokim y Hashem es la diferencia entre el Dios de Aristóteles y el Dios de Abraham.
Un filósofo puede llegar a la conclusión de que el universo tiene un autor, un creador, una primera causa, un “primer motor”. Pero solo un profeta (o un hijo de Abraham y de la nación de los profetas) puede relacionarse con Dios como una persona. Hashem es Dios tal como lo encontramos no en la creación sino en la revelación.
Si ahora volvemos al texto bíblico, vemos un fenómeno extraordinario. En Bereshit 1, Dios es descrito como Elokim. En los capítulos 2 y 3, es llamado Hashem-Elokim. En el capítulo 4, por primera vez es llamado solamente Hashem. Algo cambia a lo largo de estos capítulos: no Dios, que no cambia, sino la percepción humana de Dios.
En el primer capítulo, que habla del nacimiento del universo y de la lenta aparición del orden a partir del caos, el hombre forma parte de la naturaleza. Esa es la verdad (parcial) contenida en el descubrimiento de que compartimos gran parte de nuestro ADN con otras formas de vida. También por eso Dios es descrito como Elokim, el autor de la naturaleza. En los capítulos 2 y 3, el hombre comienza a utilizar el lenguaje. Se convierte, en palabras del Targum, en “un ser que habla”. Dios trae ante él las diversas formas de vida “para ver cómo las llamaría, y todo ser viviente que el hombre llamara, ese sería su nombre”. Pero hasta ese momento solo utiliza sustantivos, primero para los animales y después para su esposa, a quien llama ishah, “mujer”. Ha pasado de la naturaleza a la cultura, de la cual el lenguaje es el primer paso, pero todavía no ha comprendido el concepto de persona. Solo después de darle a su esposa un nombre propio utiliza la Torá la palabra Hashem por sí sola. Solo después de haber tomado conciencia de su esposa como persona es capaz de comprender a Dios como persona.
El judaísmo fue mucho más que el descubrimiento del monoteísmo, es decir, que hay un solo Dios. Esa idea está contenida en la palabra Elokim. También fue el descubrimiento de que Dios es una persona: que el hecho de que nosotros seamos personas, con amores, temores, esperanzas y sueños, no es un subproducto accidental de la evolución, como sostienen algunos neodarwinistas, sino un eco de la realidad última del cosmos. No somos máquinas productoras de genes, sino personas, cada una de nosotros única, irreemplazable, aquí porque Dios quiso que estuviéramos. Ese es el concepto transformador del mundo contenido en Hashem, y fue solo cuando Adam respondió a Eva como persona que pudo responder a Dios como persona. Por eso los mandamientos entre nosotros y Dios son inseparables de los mandamientos entre nosotros y nuestros semejantes.
Ahora entendemos esa extraordinaria secuencia de tres versículos. Al descubrir su mortalidad, Adam comprendió que solo podía seguir viviendo a través de sus hijos, nacidos mediante un acto de amor. Fue entonces cuando comprendió que la inmortalidad no puede alcanzarse en soledad, sino únicamente mediante la unión de dos. Por primera vez contempló a su esposa como una persona por derecho propio, y lo expresó dándole un nombre propio. Después de hacerlo, pudo experimentar a Dios a través de Su nombre propio, Hashem. En ese momento la humanidad dejó de ser una mera especie biológica y se convirtió en homo religiosus, el hombre-en-búsqueda-de-Dios que encuentra a Hashem, Dios-en-búsqueda-del-hombre. Ese es el profundo mensaje de los tres primeros capítulos de Bereshit, una historia sobre el lenguaje, las relaciones y lo que significa ser una persona.
El judaísmo es la historia de cómo el amor que sentimos por otra persona nos conduce al amor de Dios y nos viste con vestiduras de luz.
¿Por qué comprender la dignidad del otro como persona debe preceder a la capacidad de tener una relación personal con Dios?
¿Cómo ayuda tener hijos a enfrentar el sentimiento de vulnerabilidad que surge de la mortalidad y proporciona una sensación de inmortalidad?
Nuestro agradecimiento a la familia Schimmel por su generoso patrocinio de Covenant & Conversation, dedicado
en memoria de Harry (Chaim) Schimmel.
“I have loved the Torah of R’ Chaim Schimmel ever since I first encountered it. It
strives to be not just about truth on the surface but also its connection to a
deeper truth beneath. Together with Anna, his remarkable wife of 60 years, they
built a life dedicated to love of family, community, and Torah. An extraordinary
couple who have moved me beyond measure by the example of their lives.” — Rabbi
Sacks
Es el comienzo más famoso, majestuoso e influyente de cualquier libro en la literatura: “… בּרֵאשִׁ֖ית בָּרָ֣א” “Cuando Dios comenzó a crear el cielo y…
Las vestiduras de luz
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Bereshit
El juego de las culpas (Bereshit 5787: La moralidad importa)
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El contexto es uno de los relatos más conocidos de la Biblia. Juntos en el Jardín del Edén, rodeados por la rica variedad de la creación, la primera pareja humana tiene todo lo que podría desear, excepto una cosa: un árbol del que tienen prohibido comer. Como era de esperar, esa es precisamente la única cosa que desean. “El agua robada es dulce”, dice el Libro de los Proverbios. Comen; sus ojos se abren; pierden su inocencia; por primera vez sienten vergüenza. Cuando oyen “la Voz de Dios”, intentan esconderse, pero descubren que Dios es alguien de quien no podemos escondernos. Dios les pregunta qué han hecho. Adam culpa a su esposa. Ella culpa a la serpiente. El resultado es el paraíso perdido.
El episodio es rico en sus implicaciones, pero quiero que estudiemos uno de sus rasgos más extraños. A la mujer se le ha dicho que “con dolor dará a luz a sus hijos”. A continuación, Adam recibe la noticia de que tendrá que afrontar una vida de trabajo penoso. Luego aparece una secuencia de tres versículos que parecen no tener ninguna relación entre sí. De hecho, suenan como un completo non sequitur:
Los problemas son evidentes. Adam acaba de culpar a su esposa por haberlo llevado al pecado. También ha sido condenado a la mortalidad. ¿Por qué, precisamente en este momento, se vuelve hacia ella y le da un nuevo nombre? Y ¿por qué, inmediatamente después, cuando están a punto de ser expulsados del Edén, Dios realiza un acto de bondad hacia la pareja, dando dignidad al mismo símbolo de su pecado, las ropas con las que ocultan su vergüenza? El tono parece haber cambiado sin ninguna razón. La amarga acritud de los versículos anteriores se disuelve de repente y, en su lugar, entre Adam y su esposa, y entre Dios y la pareja, aparece una nueva ternura. Rashi está tan desconcertado que sugiere que el versículo intermedio está fuera de la secuencia cronológica. No es el final de la historia del pecado de comer del fruto prohibido, sino el final de la escena anterior, en la que Adam dio nombres a los animales y, al hacerlo, descubrió que no tenía "una compañera adecuada". Como veremos, esa no es la única manera de interpretarlo.
Más extraña aún es la interpretación que da el sabio del primer siglo, Rabí Meir, a la expresión “vestiduras de piel”, “katnot or”. Rabí Meir lee la ayin de la segunda palabra como una alef, “katnot or”, e interpreta así la expresión como “vestiduras de luz”. Es una sugerencia casi mística y profundamente intrigante. ¿Por qué, no cuando estaban en el paraíso, sino cuando estaban a punto de abandonarlo, la pareja fue bañada por el resplandor Divino y vestida con “vestiduras de luz”?
Rabí Elazar ben Azariá dijo: "Es imposible que haya una sesión en la casa de estudio sin alguna nueva interpretación”. Con ese espíritu, veamos si podemos encontrar un nuevo significado en este pasaje.
Cuando oyó las palabras “polvo eres y al polvo volverás”, fue la primera vez que Adam tomó conciencia de su mortalidad. No hay conocimiento de uno mismo más profundo que este: que un día el mundo estará sin nosotros, y nosotros estaremos sin el mundo. Gran parte de la civilización se ha construido alrededor de este único hecho: que nuestras vidas son finitas, un microsegundo en el contexto de la eternidad; que, por mucho que vivamos, nuestro tiempo es limitado y demasiado breve. La Torá guarda silencio sobre cuáles fueron los pensamientos de Adam después de este descubrimiento, pero podemos reconstruirlos. Hasta entonces, la muerte no había entrado en su conciencia, pero ahora sí. Si somos mortales, ¿qué vivirá después de nosotros? ¿Hay una parte de nosotros que continuará, aunque nosotros ya no estemos aquí? Fue entonces cuando Adam recordó las palabras de Dios a la mujer. Ella daría a luz a hijos, con dolor, ciertamente, pero traería nueva vida al mundo.
De repente, Adam comprendió que, aunque morimos, si tenemos el privilegio de tener hijos, algo de nosotros vivirá después: nuestros genes, nuestra influencia, nuestro ejemplo, nuestros ideales. Esa es nuestra inmortalidad. Esta fue una idea que con el tiempo moldeó el carácter del judaísmo entero, en contraste con la mayoría de las culturas antiguas y modernas. La Torre de Babel y los grandes edificios de Ramsés II, las dos visiones más significativas que la Torá nos ofrece de los imperios del mundo antiguo, dan testimonio de la idea de que derrotamos la mortalidad construyendo monumentos que sobrevivan a los vientos y las arenas del tiempo. El judaísmo tenía una idea muy diferente: derrotamos la mortalidad grabando nuestros ideales en el corazón de nuestros hijos, y ellos en el de los suyos, y así hasta el fin de los tiempos. Mientras los mesopotámicos y los egipcios pensaban en edificios, Abraham y sus descendientes pensaban en constructores ("No los llaméis ‘vuestros hijos’, sino ‘vuestros constructores’"). El judaísmo se convirtió en la más centrada en los hijos de todas las religiones.
Pero hay una diferencia significativa entre la inmortalidad personal y la inmortalidad que obtenemos a través de aquellos a quienes damos vida y que vivirán después de nosotros. Esta última no puede alcanzarse en soledad. Hasta que tomó conciencia de su mortalidad, Adam podía pensar en su esposa como una simple ezer kenegdo, normalmente traducida como “una ayudante adecuada”. La consideraba su asistente, no su igual. "Será llamada mujer [isha], porque fue tomada del hombre [ish]". A sus ojos, ella era una extensión de sí mismo.
Ahora sabía que no era así. Sin Eva, Adam no podía tener hijos, y los hijos eran su parte en la eternidad. Ya no podía pensar en ella como una asistente. Ella era una persona por derecho propio, incluso más que él, porque ella, no él, sería quien realmente daría a luz. En este sentido, ella se parecía más a Dios de lo que él podía hacerlo, porque Dios es Aquel que trae nueva vida al ser.
Una vez que hubo pensado estas cosas, terminó el reproche, porque vio que su ser físico, su "desnudez", no era simplemente una fuente de vergüenza. Hay una dimensión espiritual en la relación física entre marido y mujer. En un nivel es el más animal de los deseos, pero en otro se aproxima tanto como podemos al principio mismo de la creatividad Divina, es decir, que el amor crea vida. Fue entonces cuando se volvió hacia ella y, por primera vez, la vio como una persona y le dio un nombre personal, Javá, Eva, que significa “aquella que da vida”. La importancia de este momento no puede ser suficientemente enfatizada. No es que anteriormente Adam hubiera dado a su esposa un nombre y ahora le diera otro. Es que anteriormente Adam no le había dado ningún nombre. La llamaba ishah, “mujer”, un sustantivo genérico, no un nombre propio. (Por cierto, él tampoco había tenido hasta entonces un nombre propio. Simplemente era llamado ha-adam, “el hombre”, una palabra que aparece 21 veces [3 x 7] en este relato inicial. No adquiere un nombre propio hasta que le da a la mujer un nombre propio: Adam).
Con la aparición de los nombres propios nace el concepto de persona. Un sustantivo designa una clase, un grupo de cosas vinculadas por características comunes. Los sustantivos hablan de igualdad y, por lo tanto, de sustituibilidad. Si perdemos un cinturón, podemos comprar otro. Si nos roban el auto, podemos reemplazarlo. “Cinturón” y “auto” son sustantivos, y en ambos casos son objetos definidos por su función.
Un nombre es diferente. No se refiere a una clase o grupo de cosas, sino a un individuo en su individualidad. El principal portador de un nombre es una persona. Solo por extensión damos nombres a seres que no son personas y por los que sentimos un afecto especial, como una mascota, por ejemplo. Los conceptos de “nombre” y “persona” están íntimamente vinculados. No podemos tener uno sin el otro. La verdad ética más importante acerca de las personas es que ninguna es sustituible por otra. Como personas, somos únicos. “Cuando un ser humano hace muchas monedas en el mismo molde”, dijeron los Sabios, "todas salen iguales. [En cambio,] Dios hace a cada ser humano a la misma imagen, Su imagen, y todos son diferentes".
Esto es lo que da dignidad y santidad a la vida humana. Sin ello, no conoceríamos el amor, porque el amor, en su sentido primario, siempre se dirige a una persona: a este hombre, a esa mujer, a este niño, en su singularidad. Quien ama verdaderamente no ama de manera abstracta. El amante de El Cantar de los Cantares nunca se cansa de describir a su amada, su cabello, sus mejillas, sus ojos, su boca, las cosas que hacen que ella sea quien es y no una mujer-en-general.
Esto es también lo que da al amor humano su particular pathos y vulnerabilidad. Sabemos que, al igual que nosotros, nuestro ser amado envejecerá y morirá finalmente, y que nunca podrá ser reemplazado. Si supiéramos que nunca moriríamos, no necesitaríamos indicios de eternidad. Pero como sabemos que un día moriremos, una de las cosas más grandes que pueden sucedernos es ese momento más allá del tiempo, ese momento que sabemos que nunca olvidaremos, cuando dos almas se tocan y entre ellas forman un puente sobre el abismo de la mortalidad. Eso es lo que Shir HaShirim quiere decir cuando afirma: “Fuerte como la muerte es el amor, inexorable como el sepulcro es la pasión” (la idea que Dylan Thomas tradujo en las palabras: “Aunque los amantes se pierdan, el amor no; y la muerte no tendrá dominio”).
En otro nivel, más general, esto es lo que da santidad a la vida humana. “Una sola vida”, dijeron los Sabios, “es como un universo”. Por mucho que algún día los robots puedan llegar a parecerse a los seres vivos, siempre habrá una diferencia fundamental entre una máquina y una persona. Las máquinas pueden ser reemplazadas. Las personas no.
El momento en que Adam se volvió hacia su esposa y le dio un nombre propio, Javá, fue un punto de inflexión en la historia de la civilización. Fue entonces cuando Dios vistió a la pareja con vestiduras de luz. Porque solo cuando nos relacionamos unos con otros como personas dotadas de una dignidad innegociable respondemos a la “imagen de Dios” en el otro. En cierto sentido, todo el judaísmo, o al menos las mitzvot ben adam le-javero, “los mandamientos entre nosotros y nuestros semejantes”, es un comentario extenso sobre esta idea. Las normas de justicia, misericordia, caridad, compasión, consideración hacia los pobres, amor al prójimo y al extranjero, delicadeza en el habla y sensibilidad hacia los sentimientos de los demás que pueden herirse con facilidad, son todas variantes del tema del respeto por el otro ser humano como imagen y semejanza del Otro Divino.
La idea es aún más profunda. Existe una conexión íntima entre la manera en que nos relacionamos con otras personas y la manera en que nos relacionamos con Dios, y esto también se expresa en la diferencia entre un sustantivo y un nombre.
Aunque Dios tiene muchas descripciones, hay dos que son primarias: Elokim y el nombre de cuatro letras que no pronunciamos, conocido generalmente como Hashem. Los Sabios los distinguieron diciendo que Elokim se refiere a la justicia Divina, mientras que Hashem se refiere a la compasión Divina. El poeta y filósofo del siglo XI Iehudá Haleví hizo una distinción diferente. La palabra E-l era utilizada generalmente por los paganos para designar a un dios, con lo que se referían a una fuerza de la naturaleza: el sol, la tormenta, la tierra, el mar y las muchas otras deidades adoradas en la antigüedad. El monoteísmo era y es la insistencia en que ninguna de estas fuerzas o poderes representa la realidad última. Cada una es solamente un segmento de ella. El Dios Uno es la totalidad de todos los poderes. Eso es lo que representa la palabra Elokim. Es un sustantivo colectivo que significa “la fuerza de las fuerzas”. Elokim es Dios tal como lo encontramos en la naturaleza, en la inmensidad y complejidad de la creación.
Hashem, en cambio, no es un sustantivo sino un nombre. Se refiere a Dios no como un poder, ni siquiera como la totalidad de todos los poderes, sino como una persona, un “Tú”. Hashem es Aquel que nos habla y a quien nosotros hablamos, que nos ama como una persona ama, que escucha nuestras plegarias, perdona nuestros fracasos, nos da fuerza en momentos de crisis y nos enseña el camino de la vida. En una de las intuiciones más profundas de la historia del pensamiento judío, Haleví enseñó que la diferencia entre Elokim y Hashem es la diferencia entre el Dios de Aristóteles y el Dios de Abraham.
Un filósofo puede llegar a la conclusión de que el universo tiene un autor, un creador, una primera causa, un “primer motor”. Pero solo un profeta (o un hijo de Abraham y de la nación de los profetas) puede relacionarse con Dios como una persona. Hashem es Dios tal como lo encontramos no en la creación sino en la revelación.
Si ahora volvemos al texto bíblico, vemos un fenómeno extraordinario. En Bereshit 1, Dios es descrito como Elokim. En los capítulos 2 y 3, es llamado Hashem-Elokim. En el capítulo 4, por primera vez es llamado solamente Hashem. Algo cambia a lo largo de estos capítulos: no Dios, que no cambia, sino la percepción humana de Dios.
En el primer capítulo, que habla del nacimiento del universo y de la lenta aparición del orden a partir del caos, el hombre forma parte de la naturaleza. Esa es la verdad (parcial) contenida en el descubrimiento de que compartimos gran parte de nuestro ADN con otras formas de vida. También por eso Dios es descrito como Elokim, el autor de la naturaleza. En los capítulos 2 y 3, el hombre comienza a utilizar el lenguaje. Se convierte, en palabras del Targum, en “un ser que habla”. Dios trae ante él las diversas formas de vida “para ver cómo las llamaría, y todo ser viviente que el hombre llamara, ese sería su nombre”. Pero hasta ese momento solo utiliza sustantivos, primero para los animales y después para su esposa, a quien llama ishah, “mujer”. Ha pasado de la naturaleza a la cultura, de la cual el lenguaje es el primer paso, pero todavía no ha comprendido el concepto de persona. Solo después de darle a su esposa un nombre propio utiliza la Torá la palabra Hashem por sí sola. Solo después de haber tomado conciencia de su esposa como persona es capaz de comprender a Dios como persona.
El judaísmo fue mucho más que el descubrimiento del monoteísmo, es decir, que hay un solo Dios. Esa idea está contenida en la palabra Elokim. También fue el descubrimiento de que Dios es una persona: que el hecho de que nosotros seamos personas, con amores, temores, esperanzas y sueños, no es un subproducto accidental de la evolución, como sostienen algunos neodarwinistas, sino un eco de la realidad última del cosmos. No somos máquinas productoras de genes, sino personas, cada una de nosotros única, irreemplazable, aquí porque Dios quiso que estuviéramos. Ese es el concepto transformador del mundo contenido en Hashem, y fue solo cuando Adam respondió a Eva como persona que pudo responder a Dios como persona. Por eso los mandamientos entre nosotros y Dios son inseparables de los mandamientos entre nosotros y nuestros semejantes.
Ahora entendemos esa extraordinaria secuencia de tres versículos. Al descubrir su mortalidad, Adam comprendió que solo podía seguir viviendo a través de sus hijos, nacidos mediante un acto de amor. Fue entonces cuando comprendió que la inmortalidad no puede alcanzarse en soledad, sino únicamente mediante la unión de dos. Por primera vez contempló a su esposa como una persona por derecho propio, y lo expresó dándole un nombre propio. Después de hacerlo, pudo experimentar a Dios a través de Su nombre propio, Hashem. En ese momento la humanidad dejó de ser una mera especie biológica y se convirtió en homo religiosus, el hombre-en-búsqueda-de-Dios que encuentra a Hashem, Dios-en-búsqueda-del-hombre. Ese es el profundo mensaje de los tres primeros capítulos de Bereshit, una historia sobre el lenguaje, las relaciones y lo que significa ser una persona.
El judaísmo es la historia de cómo el amor que sentimos por otra persona nos conduce al amor de Dios y nos viste con vestiduras de luz.
Nuestro agradecimiento a la familia Schimmel por su generoso patrocinio de Covenant & Conversation, dedicado en memoria de Harry (Chaim) Schimmel.
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