Poniendo a prueba la profecía

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En su enumeración de los distintos roles de liderazgo dentro de la nación que tomaría forma después de su muerte, Moshé menciona no sólo al sacerdote/juez y al rey, sino también al profeta:

"El Señor, tu Dios, levantará para ti un profeta como yo de entre tus propios hermanos. A él deberán escuchar."

Moshé no sería el último de los profetas. Tendría sucesores. Históricamente así fue. Desde los días de Shmuel hasta el período del Segundo Templo, cada generación dio origen a hombres y mujeres que hablaron la palabra de Dios con inmenso valor, sin temor a censurar a los reyes, criticar a los sacerdotes o reprender a toda una generación por su falta de fe e integridad moral.

Sin embargo, surgía una pregunta evidente: ¿cómo distinguir a un verdadero profeta de uno falso? A diferencia de los reyes o los sacerdotes, los profetas no derivaban su autoridad de un cargo formal. Su autoridad residía en su personalidad, en su capacidad para dar voz a la palabra de Dios, en la evidencia de su inspiración. Pero precisamente porque un profeta tiene acceso privilegiado a una palabra que otros no pueden oír, a visiones que otros no pueden ver, existía la posibilidad muy real de que aparecieran falsos profetas, como los de Baal en tiempos del rey Ajav. La autoridad carismática es, por naturaleza, desestabilizadora. ¿Qué impediría que un impostor —o incluso una persona sincera pero equivocada—, capaz de realizar señales y prodigios y de conmover al pueblo con el poder de sus palabras, condujera a la nación por un camino equivocado, engañando a los demás y quizá incluso a sí mismo?

Esta cuestión tiene varias dimensiones. Una de ellas, en particular, aparece en nuestra parashá: la capacidad del profeta para predecir el futuro. Así lo expresa Moshé:

"Quizás se pregunten: '¿Cómo sabremos si un mensaje no ha sido pronunciado por el Señor?' Si lo que un profeta proclama en nombre del Señor no sucede ni se cumple, ese mensaje no ha sido pronunciado por el Señor. Ese profeta ha hablado con arrogancia. No le tengan temor."

Deut. 18:21-22

A primera vista, la prueba parece sencilla: si lo que el profeta predice sucede, es un verdadero profeta; si no sucede, no lo es. Sin embargo, evidentemente la cuestión no era tan simple.

El caso clásico es el Libro de Ioná. Dios ordena a Ioná advertir a los habitantes de Nínive que su maldad está a punto de traer la destrucción sobre ellos. Ioná intenta huir, pero fracasa —la famosa historia del mar, la tormenta y el "gran pez". Finalmente llega a Nínive y pronuncia las palabras que Dios le había ordenado decir: "Dentro de cuarenta días Nínive será destruida." El pueblo se arrepiente y la ciudad es salvada. Sin embargo, Ioná queda profundamente disgustado:

"Pero esto desagradó muchísimo a Ioná, y se enojó. Entonces oró al Señor y dijo: '¡Ah, Señor! ¿No era esto lo que decía cuando todavía estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarshish, porque sabía que Tú eres un Dios clemente y compasivo, lento para la ira y abundante en amor, que desistes de enviar el castigo. Ahora, Señor, te ruego que me quites la vida, porque prefiero morir antes que vivir.'" 

Ioná 4:1-3

La queja de Ioná puede entenderse de dos maneras. En primer lugar, le angustiaba que Dios hubiera perdonado al pueblo. Después de todo, eran malvados. Merecían ser castigados. ¿Cómo era posible que un simple cambio de actitud los librara del castigo que merecían?

En segundo lugar, había quedado como un necio. Les había dicho que en cuarenta días la ciudad sería destruida. No ocurrió. La misericordia de Dios parecía convertir su profecía en un absurdo.

Está claro que Ioná estaba equivocado al sentirse así. Dios le responde con la pregunta retórica que cierra el libro: "¿Y no habría Yo de preocuparme por esa gran ciudad?" ¿Acaso no debo ser misericordioso? ¿No debo perdonar? Pero entonces, ¿qué ocurre con el criterio establecido por Moshé para distinguir entre un verdadero y un falso profeta? "Si lo que un profeta proclama en nombre del Señor no sucede ni se cumple, ese mensaje no ha sido pronunciado por el Señor." Ioná había proclamado que la ciudad sería destruida en cuarenta días. No ocurrió y, sin embargo, la proclamación era verdadera. Realmente había hablado la palabra de Dios. ¿Cómo puede ser?

La respuesta aparece en el libro de Irmiahu. Irmiahu venía profetizando una catástrofe nacional. El pueblo se había alejado de su vocación espiritual, y el resultado sería la derrota y el exilio. Era un mensaje duro y desmoralizador. Entonces apareció un falso profeta, Janania ben Azur, anunciando exactamente lo contrario. Babilonia, enemiga de Israel, sería derrotada muy pronto y, en menos de dos años, la crisis terminaría. Irmiahu sabía que aquello no era verdad y que Janania estaba diciendo al pueblo lo que quería oír, no lo que necesitaba escuchar. Entonces dijo ante toda la asamblea:

Dijo: "¡Amén! ¡Que así haga el Señor! ¡Que el Señor cumpla las palabras que has profetizado, haciendo volver desde Babilonia a este lugar los utensilios de la Casa del Señor y a todos los exiliados! Sin embargo, escucha ahora estas palabras que voy a decir ante ti y ante todo el pueblo: Desde tiempos antiguos, los profetas que nos precedieron a ti y a mí profetizaron guerra, calamidad y peste contra muchas tierras y grandes reinos. Pero el profeta que profetiza paz será reconocido como verdaderamente enviado por el Señor solamente cuando su profecía se cumpla." 

Irmiahu 28:6-9

Irmiahu establece una distinción fundamental entre las buenas y las malas noticias. Es fácil profetizar un desastre. Si la profecía se cumple, entonces dijiste la verdad. Si no se cumple, siempre puedes decir: Dios desistió y perdonó. Una profecía negativa nunca puede ser refutada, pero una positiva sí. Si el bien anunciado llega a suceder, entonces la profecía es verdadera. Si no ocurre, no se puede decir que "Dios cambió de opinión", porque Dios no se retracta de una promesa de bien, de paz o de redención.

Por lo tanto, solo cuando el profeta ofrece una visión positiva puede ser puesto a prueba. Esa es la razón por la cual Ioná estaba equivocado al pensar que había fracasado porque su profecía negativa —la destrucción de Nínive— no llegó a cumplirse. Así lo expresa Maimónides:

En cuanto a las calamidades anunciadas por un profeta —por ejemplo, cuando predice la muerte de una persona o declara que en determinado año habrá hambre, guerra u otra desgracia—, el hecho de que su anuncio no se cumpla no invalida su condición de profeta. No debemos decir: "Miren, habló y su profecía no se cumplió". Porque Dios es paciente, abundante en bondad y desiste del mal. También puede ocurrir que aquellos que fueron amenazados se hayan arrepentido y por eso hayan sido perdonados, como sucedió con los habitantes de Nínive. O quizás la sentencia simplemente haya sido postergada, como ocurrió con Jizkiahu. Pero si el profeta, en nombre de Dios, anuncia un bien, asegurando que determinado acontecimiento favorable sucederá, y ese beneficio prometido no llega a realizarse, entonces sin duda es un falso profeta. Ninguna bendición decretada por el Todopoderoso, aun cuando haya sido prometida de manera condicional, es revocada... De aquí aprendemos que solo cuando el profeta anuncia un bien puede ser puesto a prueba.

Yesodei ha-Torah 10:4

De aquí se desprenden conclusiones fundamentales. Un profeta no es un oráculo; una profecía no es una predicción. Precisamente porque el judaísmo cree en el libre albedrío, el futuro humano nunca puede predecirse con absoluta certeza. Las personas son capaces de cambiar. Dios perdona. Como decimos en nuestras plegarias de los Yamim Noraim: la oración (Tefilá), el arrepentimiento (Teshuvá) y la caridad (Tzedaká) anulan el mal decreto. No existe ningún decreto que no pueda ser revocado. El profeta no predice: advierte. El profeta no habla para anunciar una catástrofe futura, sino para evitarla. Si una predicción se cumple, ha tenido éxito. Si una profecía se cumple, ha fracasado.

La segunda consecuencia es igualmente trascendental. La verdadera prueba de la profecía no son las malas noticias, sino las buenas. La calamidad, la catástrofe y el desastre no demuestran nada. Cualquiera puede anunciarlos sin poner en riesgo su reputación o su autoridad. Solo cuando una visión positiva llega a realizarse, la profecía queda verdaderamente puesta a prueba. Así ocurrió con los profetas de Israel.

Eran realistas, no optimistas. Advertían acerca de los peligros que se aproximaban. Pero también eran, sin excepción, agentes de esperanza. Eran capaces de ver más allá de la catástrofe, hasta llegar al consuelo. Esa es la prueba de un verdadero profeta.


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