Cuando Israel estaba bajo el dominio del imperio de Alejandro Magno, un líder en particular, Antíoco IV, decidió acelerar el proceso de helenización. Prohibió a los judíos practicar su religión y colocó en el Templo de Jerusalem una estatua de Zeus Olímpico.
Esto fue demasiado. Un grupo de judíos, los Macabeos, luchó por su libertad religiosa y logró una victoria extraordinaria contra el ejército más poderoso del mundo antiguo.
Tres años después, reconquistaron Jerusalem, rededicaron el Templo y volvieron a encender la menorá con la única vasija de aceite puro que encontraron entre las ruinas.
Fue uno de los logros militares más asombrosos del mundo antiguo. Fue, como decimos en nuestras plegarias, una victoria de los pocos contra los muchos y de los débiles contra los fuertes, resumida en las poderosas palabras de Zacarías: “No por la fuerza ni por el poder, sino por Mi espíritu”, dice el Eterno.
Los Macabeos no tenían fuerza ni poder, ni armas ni números. Pero tenían una doble porción del espíritu judío, ese que anhela la libertad y está dispuesto a luchar por ella.
Nunca creas que un pequeño grupo de personas comprometidas no puede cambiar el mundo. Inspiradas por la fe, sí pueden hacerlo. Los Macabeos lo hicieron entonces. Nosotros también podemos hacerlo hoy.
Feliz Jánuca, Jánuca Sameaj.