¿Por qué sacrificamos?

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Las leyes sobre los sacrificios que dominan los primeros capítulos del Libro de Levítico están entre los pasajes de la Torá más complicados de relacionar con la actualidad. Hace casi dos mil años de la destrucción del Templo y que el sistema sacrificial llegó a su fin. Pero los pensadores judíos, especialmente los más místicos, se esforzaron en comprender la significación interna de los sacrificios y lo que implicaban para la relación entre la humanidad y Dios. De esa manera lograron rescatar su espíritu aunque la materialización física de los sacrificios ya no era posible. Entre los comentarios más simples pero a la vez profundos están los del Rabino Shneur Zalman de Liadi, el primer Rebe de Lubavitch. Observó una rareza gramatical en la segunda línea de la parashá:

Habla a los hijos de Israel y diles a ellos: “Cuando uno de ustedes ofrezca un sacrificio al Señor, el sacrificio debe ser del ganado, ovejas o cabras.”

Levítico 1: 2

O así sería leído el versículo si fuera construido según las reglas gramaticales normales. Sin embargo, el orden de las palabras en hebreo es extraño e inesperado. Hubiéramos esperado leer adam mikem ki yakriv, “cuando uno de ustedes ofrece un sacrificio.” En vez, lo que dice es adam ki yakrim mikem, “cuando alguien ofrece un sacrificio de uno.”

La esencia del sacrificio, dijo el Rabino Shneur Zalman, es que nos ofrecemos a nosotros mismos. Llevamos a Dios nuestras facultades, nuestras energías, pensamientos y emociones. La forma física del sacrificio – el animal ofrecido ante el altar – es solo la manifestación externa de un acto interno. El verdadero sacrificio es mikem, “de uno.” Damos a Dios algo de nosotros mismos.[1]

¿Qué es exactamente lo que damos a Dios cuando ofrecemos un sacrificio? Los judíos místicos, entre ellos el Rabino Shneur Zalman, hablaron de las dos almas que habitan dentro de cada uno de nosotros - el alma animal (nefesh habehemit) y el alma Divina (neshamá). Por un lado somos entes físicos, parte de la naturaleza. Tenemos necesidades físicas como comer, beber, tener resguardo. Nacemos, vivimos y morimos. En palabras de Eclesiastés:

El destino del hombre es como el de los animales; el mismo destino les aguarda: así como uno muere, también muere el otro. Ambos tienen igual aliento; el hombre no tiene ventaja alguna sobre el animal. Todo es un mero hálito fugaz.

Eclesiastés 3:19

Sin embargo, no somos simplemente animales. Tenemos aspiraciones inmortales. Podemos pensar, hablar y comunicarnos. Podemos, mediante los actos de hablar y escuchar, llegar a otros. Somos la única forma de vida conocida en el universo que puede formular la pregunta “¿por qué?” Podemos articular ideas y ser movilizados por altos ideales. No estamos gobernados sólo por deseos biológicos. El Salmo 8 es un sorprendente canto a este tema:

Cuando considero Tus cielos

el trabajo de Tus dedos,

la luna y las estrellas

que Tú has puesto en su lugar,

¿qué es el hombre que Tú has tenido en cuenta,

el hijo del hombre, que Tú cuidas de él?

Sin embargo Tú lo has hecho poco menos que los ángeles

y coronado con gloria y honor.

Tú has hecho que gobierne sobre todas las obras de Tus manos;

Has puesto todo bajo sus pies.

Salmos 8:4-7

Físicamente, no somos casi nada; espiritualmente hemos sido rozados por las alas de la eternidad. Tenemos un alma Divina. La naturaleza del sacrificio, entendida psicológicamente, es entonces clara. Lo que ofrecemos a Dios es (no solo un animal) sino el nefesh habehemit, el alma animal que está en nosotros.

¿Cómo funciona esto en detalle? Hay una insinuación de los tres tipos distintos de animales mencionados en el segundo versículo de la parashá Vaikrá (ver Levítico 1:2): behema (animal), bakar (ganado) y tzon (rebaño). Cada uno de ellos representa características de tipo animal presentes en la personalidad humana.

Behema representa el instinto animal en sí. La palabra se refiere a los animales domésticos. No implica los instintos salvajes del depredador, sino algo más dócil. Los animales pasan su tiempo en busca de alimento. Sus vidas están limitadas por la lucha por sobrevivir. Sacrificar el animal dentro de nosotros es estar movilizado por algo más que la supervivencia.

Cuando se le preguntó a Wittgenstein cuál era la tarea de la filosofía, respondió: “Mostrarle a la mosca como salir del frasco.”[2] La mosca atrapada en el frasco golpea su cabeza contra el vidrio buscando la salida. Lo que no alcanza a hacer es mirar hacia arriba. El alma Divina dentro de nosotros es la fuerza que nos hace mirar hacia arriba, más allá del mundo físico, más allá de la mera supervivencia, en busca de un sentido, un propósito, una meta.

La palabra bakar, en hebreo, ganado, nos recuerda a boker, “amanecer,” literalmente “abrir camino,” como los primeros rayos de sol se abren paso a través de la oscuridad de la noche. El ganado, saliendo en estampida, se abre paso a través de barreras. Si no está ceñido por vallas, el ganado no respeta límites. Sacrificar el bakar es aprender a reconocer y respetar los límites – entre lo sagrado y lo profano, puro e impuro, permitido y prohibido. Las barreras de la mente pueden a veces ser más fuertes que las murallas.

Finalmente, la palabra tzon, rebaño, representa el instinto de masa - el poderoso impulso de moverse en una determinada dirección porque los demás también lo hacen.[3] Las grandes figuras del judaísmo – Abraham, Moshé, los Profetas – se distinguieron precisamente por esa capacidad de separarse del rebaño, ser diferentes, desafiar a los ídolos de la época, negarse a capitular ante las modas intelectuales del momento. Eso, finalmente, es el significado de la santidad en el judaísmo. Kadosh, santo, es algo separado, diferente, distintivo. Los judíos fueron la única minoría en la historia en negarse en forma consistente a asimilarse a la cultura dominante o a convertirse a la fe dominante.

El sustantivo korbán, “sacrificio” y el verbo lehakriv, “ofrecer algo en sacrificio,” significan en realidad “aquello que se acerca” y el “acto de acercar.” El elemento clave no es tanto dar algo (el significado habitual del sacrificio), sino traer algo cerca de Dios. Lehakriv es llevar ese elemento animal dentro de nosotros para ser transformado a través del fuego Divino que alguna vez quemó en el altar, y que aún quema en el corazón de la plegaria si verdaderamente buscamos acercarnos a Dios.

Por una de las ironías de la historia, esta antigua idea se ha vuelto súbitamente actual. El darwinismo, la decodificación del genoma humano y el materialismo científico (la idea de que lo material es todo lo que existe) ha llevado a la conclusión generalizada de que somos todos animales, nada más ni nada menos. Compartimos el 98 por ciento de nuestros genes con los primates. Somos, como lo expresó Desmond Morris, “el simio desnudo.”[4] Según esta visión, el Homo Sapiens existe por mero accidente. Somos la resultante de una serie de mutaciones genéticas aleatorias y justamente resultó que su supervivencia se debió a su mejor adaptación que otras especies. El nefesh habeheimit, el alma animal, es todo lo que hay.

La refutación de esta idea – seguramente la más reductora concebida alguna vez por mentes inteligentes – yace en el mismo acto de sacrificio como lo entendieron los místicos. Podemos redireccionar nuestros instintos animales. Podemos elevarnos por sobre la mera supervivencia. Somos capaces de reconocer límites. Podemos salir fuera de nuestro medio. Como lo señaló el neurocientífico de Harvard Steven Pinker: “La naturaleza no nos dicta lo que debemos aceptar o cómo debemos vivir,” y agrega, “y si a mis genes no les gusta, que se mueran.”[5] O, como le señaló majestuosamente Katharine Hepburn a Humphrey Bogart en The African Queen, “La naturaleza, Sr. Allnut, hemos sido puestos la tierra con el fin de elevarnos sobre ella.”

Podemos trascender a la behema, el bakar y el tzon. Ningún animal es capaz de una autotransformación. Nosotros sí. Poesía, música, amor, asombro – las cosas que no tienen valor para la supervivencia pero que se dirigen a nuestro más profundo sentido del ser – nos dicen que no somos meramente animales, o ensamblajes de genes egoístas. Al acercar la parte animal dentro de nosotros a Dios, permitimos que lo material sea subsumido en lo espiritual y nos convertimos en otra cosa: ya no esclavos de la naturaleza sino servidores del Dios viviente.


[1] Rabbi Shneur Zalman of Liadi, Likkutei Torah (Brooklyn, NY: Kehot, 1984), Vayikra 2aff.

[2] Ludwig Wittgenstein, Philosophical Investigations (New York: Macmillan, 1953), p. 309.

[3] Los trabajos clásicos del comportamiento de muchedumbres y el instinto de las masas son Charles Mackay, Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds (London: Richard Bentley, 1841); Gustave le Bon, The Crowd: A Study of the Popular Mind (London: T. F. Unwin, 1897); Wilfred Trotter, Instincts of the Herd in Peace and War (London: T. F. Unwin, 1916); and Elias Canetti, Crowds and Power (New York: Viking Press, 1962).

[4] Desmond Morris, The Naked Ape (New York: Dell Publishing, 1984).

[5] Steven Pinker, How the Mind Works (New York: W.W. Norton, 1997), p. 54.



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  1. ¿A cuál de las tres tendencias animales mencionadas (instinto básico de supervivencia, romper los límites, o mentalidad de manada) te resulta más difícil sobreponerte en tu propia vida?
  2. ¿En qué forma la plegaria sirve como un tipo de sacrificio en la práctica judía contemporánea?
  3. ¿Cómo puede cambiar tu perspectiva de la observancia el entender los sacrificios como transformación en lugar de pérdida?

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