Violencia y lo sagrado

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¿Por qué los sacrificios? Ciertamente, no han sido parte de la vida judía desde la destrucción del Segundo Templo, hace casi dos mil años. Pero ¿por qué, si son un medio para un fin, eligió Dios este fin? Esta es, naturalmente, una de las preguntas más profundas del judaísmo, y existen muchas respuestas. Aquí quiero explorar solo una, presentada por primera vez por el pensador judío de comienzos del siglo XV, Rabino Yosef Albo, en su Sefer HaIkarim.

La teoría de Albo no comienza con los sacrificios sino con otras dos preguntas. La primera: ¿Por qué después del Diluvio permitió Dios que los seres humanos comieran carne? (Gén. 9:3–5). Inicialmente, ni los seres humanos ni los animales eran carnívoros (Gén. 1:29–30). ¿Qué hizo que Dios, por así decirlo, cambiara de opinión? La segunda: ¿Qué estaba mal en el primer acto de sacrificio, la ofrenda de Caín de “algunos de los frutos de la tierra” (Gén. 4:3–5)? El rechazo divino de esa ofrenda condujo directamente al primer asesinato, cuando Caín mató a Abel. ¿Qué estaba en juego en la diferencia entre las ofrendas que Caín y Abel llevaron a Dios?

Albo creía que matar animales para alimento es inherentemente incorrecto. Implica quitar la vida a un ser viviente para satisfacer nuestras necesidades. Caín también sabía que esto era cierto. Creía que existía un fuerte vínculo entre los seres humanos y los demás animales. Por eso ofreció no un sacrificio animal sino uno vegetal. Su error, según Albo, fue que debió haber traído fruta, no vegetales – lo más elevado, no lo más bajo, de las ofrendas no cárnicos. Abel, en cambio, creía que existía una diferencia cualitativa entre las personas y los animales. ¿Acaso Dios no había dicho a los primeros seres humanos: “Dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra” (Gén. 1:28)? Por eso Abel llevó una ofrenda animal.

Cuando Caín vio que el sacrificio de Abel había sido aceptado mientras que el suyo no, razonó de la siguiente manera: si Dios, que nos prohíbe matar animales para alimento, permite e incluso favorece matar un animal como sacrificio, y si, como Caín creía, no existe una diferencia última entre los seres humanos y los animales, entonces ofreceré el ser viviente más elevado como sacrificio a Dios, es decir, a mi hermano Abel. Según este razonamiento, dice el Rabino Albo, Caín mató a Abel como un sacrificio humano.

Por eso Dios permitió comer carne después del Diluvio. Antes del Diluvio, el mundo se había “llenado de violencia”. Tal vez la violencia sea una parte inherente de la naturaleza humana. Si la humanidad iba a poder existir, Dios tendría que rebajar Sus exigencias. Que los seres humanos maten animales, dijo, antes que matar seres humanos – la única forma de vida que no solo es creación de Dios sino también está hecha a imagen de Dios. De ahí la secuencia, por lo demás casi ininteligible, de versículos después de que Noaj y su familia emergen sobre tierra seca:

"Entonces Noaj edificó un altar al Señor y, tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció sobre él holocaustos. El Señor percibió el aroma agradable y dijo en Su corazón: ‘Nunca más volveré a maldecir la tierra por causa del hombre, aunque toda inclinación del corazón humano es mala desde su juventud…’"

Gén. 8:20–21

Luego Dios bendijo a Noaj y a sus hijos, diciéndoles…

"Todo lo que vive y se mueve os servirá de alimento. Así como os di las plantas verdes, ahora os doy todo… Quien derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios hizo Dios al ser humano."

 Gén. 9:1–6

Según Albo, la lógica del pasaje es clara. Noaj ofrece un sacrificio animal en agradecimiento por haber sobrevivido al Diluvio. Dios ve que los seres humanos necesitan esta forma de expresarse. Están genéticamente predispuestos a la violencia ("toda inclinación de su corazón es mala desde su juventud"). Si la sociedad ha de sobrevivir, los seres humanos necesitarán poder dirigir su violencia hacia animales no humanos, ya sea como alimento o como ofrendas sacrificiales. La línea crucial que debe trazarse es entre lo humano y lo no humano. El permiso para matar animales va acompañado de una prohibición absoluta contra matar seres humanos, "porque a imagen de Dios hizo Dios al ser humano".

No es que Dios apruebe matar animales, ya sea para sacrificio o para alimento, sino que prohibirlo a los seres humanos, dada su predisposición genética al derramamiento de sangre, sería utópico. No es para ahora sino para el fin de los días. Hasta entonces, la solución menos mala es permitir que las personas maten animales en lugar de asesinar a sus semejantes. Los sacrificios animales son una concesión a la naturaleza humana[1]. Los sacrificios son un sustituto de la violencia dirigida contra la humanidad.

El pensador contemporáneo que más ha hecho para revivir esta comprensión es el crítico literario y antropólogo filosófico franco-estadounidense René Girard, en libros como Violence and the Sacred, The Scapegoat y Things Hidden Since the Foundation of the World. El denominador común de los sacrificios, sostiene, es:

"...la violencia interna – todas las disensiones, rivalidades, celos y disputas dentro de la comunidad que los sacrificios están destinados a suprimir. El propósito del sacrificio es restaurar la armonía en la comunidad, reforzar el tejido social. Todo lo demás deriva de eso."[2]

La peor forma de violencia dentro y entre las sociedades es la venganza, "un proceso interminable, infinitamente repetitivo". Esto concuerda con el dicho de Hilel al ver un cráneo humano flotando sobre el agua:

"Porque tú ahogaste a otros, te ahogaron a ti, y aquellos que te ahogaron a ti, finalmente serán ahogados."

Mishná Avot 2:7

No existe un final natural para el ciclo de represalias y venganzas. Los Montesco siguen matando y siendo asesinados por los Capuleto. Lo mismo ocurre con los Tattaglia y los Corleone, y con otros grupos enfrentados en la ficción y en la historia. Es un ciclo destructivo que ha devastado comunidades enteras. Según Girard, este fue el problema que el ritual religioso se desarrolló para resolver. El acto religioso primario, dice, es el sacrificio, y el sacrificio primario es el chivo expiatorio. Si las tribus A y B, que han estado luchando, pueden sacrificar a un miembro de la tribu C, ambas habrán satisfecho su deseo de derramamiento de sangre sin provocar venganza, especialmente si la tribu C no está en condiciones de responder. Los sacrificios desvían la energía destructiva de la reciprocidad violenta.

¿Por qué entonces, si la violencia está arraigada en la naturaleza humana, los sacrificios son una característica de las sociedades antiguas y no de las modernas? Porque, sostiene Girard, existe otra forma más eficaz de poner fin a la venganza:

"La venganza es un círculo vicioso cuyo efecto en las sociedades primitivas solo puede ser conjeturado. Para nosotros, el círculo ha sido roto. Debemos nuestra buena fortuna sobre todo a una de nuestras instituciones sociales: nuestro sistema judicial, que sirve para desviar la amenaza de la venganza. El sistema no suprime la venganza; más bien se limita eficazmente a un solo acto de represalia, ejecutado por una autoridad soberana especializada en esta función. Las decisiones del poder judicial se presentan invariablemente como la última palabra sobre la venganza."[3]

La terminología de Girard aquí no es una a la que podamos suscribir. La justicia no es venganza. La retribución no es revancha. La venganza es inherentemente Yo-Tú, o Nosotros-Ellos. Es personal. La retribución es impersonal. Ya no son los Montesco contra los Capuleto, sino ambos bajo el juicio imparcial de la ley. Pero el punto sustantivo de Girard es correcto y esencial. El único antídoto efectivo contra la violencia es el imperio de la ley.

La teoría de Girard confirma la visión de Albo. El sacrificio (al igual que el consumo de carne) entró en el judaísmo como sustituto de la violencia. También nos ayuda a comprender la profunda intuición de los Profetas de que los sacrificios no son fines en sí mismos, sino parte del programa de la Torá para crear un mundo redimido del ciclo interminable de la venganza. La otra parte de ese programa, y el mayor deseo de Dios, es un mundo gobernado por la justicia. Recordamos que esa fue Su primera misión para Abraham: que "ordenara a sus hijos y a su casa después de él que guarden el camino del Señor, practicando justicia y rectitud" (Gén. 18:19).

¿Hemos superado entonces esa etapa de la historia humana en la que los sacrificios animales tenían sentido? ¿Se ha convertido la justicia en una realidad lo suficientemente fuerte como para que ya no necesitemos rituales religiosos que desvíen la violencia entre los seres humanos? Tristemente, la respuesta es no. El colapso de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría llevaron a algunos pensadores a afirmar que habíamos llegado al "fin de la historia". Ya no habría más guerras impulsadas por ideologías. En cambio, el mundo se volcaría hacia la economía de mercado y la democracia liberal.[4]

La realidad fue radicalmente diferente. Hubo oleadas de conflicto étnico y violencia en Bosnia, Kosovo, Chechenia y Ruanda, seguidas por conflictos aún más sangrientos en todo el Medio Oriente, el África subsahariana y partes de Asia. En su libro The Warrior’s Honor, Michael Ignatieff ofreció la siguiente explicación de por qué sucedió esto:

"El principal obstáculo moral en el camino hacia la reconciliación es el deseo de venganza. Ahora bien, la venganza suele considerarse una emoción baja e indigna, y precisamente porque se la considera así rara vez se comprende su profundo poder moral sobre las personas. Pero la venganza – considerada moralmente – es el deseo de mantener fidelidad a los muertos, de honrar su memoria retomando su causa allí donde la dejaron. La venganza mantiene la fidelidad entre generaciones…

Este ciclo de recriminación intergeneracional no tiene un final lógico… Pero es precisamente la imposibilidad de la venganza intergeneracional lo que encierra a las comunidades en la compulsión de repetir… La reconciliación no tiene ninguna posibilidad frente a la venganza a menos que respete las emociones que sostienen la venganza, a menos que pueda reemplazar el respeto implicado en la venganza por rituales en los que comunidades que estuvieron en guerra aprendan a llorar juntas a sus muertos."[5]

Lejos de referirse a una era remota y olvidada, las leyes del sacrificio nos dicen tres cosas tan importantes hoy como entonces:

Primero, la violencia sigue siendo parte de la naturaleza humana, y nunca es más peligrosa que cuando se combina con una ética de venganza. Segundo, en lugar de negar su existencia, debemos encontrar formas de redirigirla para que no reclame aún más sacrificios humanos. Tercero, la única alternativa definitiva a los sacrificios, animales o humanos, es la que fue proclamada hace milenios por los Profetas del antiguo Israel, ninguno con mayor fuerza que Amós:

"Aunque me traigáis ofrendas quemadas y ofrendas de cereal, no las aceptaré… Pero que la justicia corra como las aguas, y la rectitud como un arroyo inagotable."

Amós 5:23–24

[1] Sobre por qué Dios nunca elige cambiar la naturaleza humana, véase Rambam, Guia de los perplejos, III:32.

[2] Rene Girard, Violence and the Sacred (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1977), p. 8.

[3] Ibid., p. 15

[4]  Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man (New York: Free Press, 1992).

[5] Michael Ignatieff, The Warrior’s Honor: Ethnic War and the Modern Conscience (Toronto: Penguin, 2006), pp. 188–190.


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  1. ¿Cómo cumplen los sacrificios la función de canalizar el instinto humano hacia la violencia? ¿Cambia esto tu comprensión del significado detrás del korbán?
  2. ¿Puedes pensar en un ejemplo moderno en el que la venganza, y no la justicia, sea la fuerza impulsora?
  3. Amós dice que Dios desea justicia más que ofrendas quemadas. ¿Qué significa priorizar la justicia en nuestras propias vidas?

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