El liderazgo y el pueblo

Burning bush on hilltop

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La parashá de Shemot, a través de una serie de viñetas finamente trazadas, dibuja un retrato de la vida de Moshé que culmina en el momento en que Dios se le aparece en la zarza que arde sin consumirse. Es un texto clave para comprender la visión de la Torá sobre el liderazgo, y cada detalle es significativo. Quiero centrarme aquí en un solo pasaje del largo diálogo en el que Dios convoca a Moshé a asumir la misión de conducir a los israelitas hacia la libertad, un desafío que Moshé rechaza nada menos que en cuatro ocasiones. No soy digno, dice. No soy un hombre de palabras. Envía a otro.

Es, sin embargo, la segunda negativa la que atrajo una atención especial por parte de los Sabios y los llevó a formular una de sus interpretaciones más radicales. La Torá afirma:

Moshé respondió: “Pero no me creerán. No me escucharán. Dirán: ‘Dios no se te apareció’.”

Éx. 4:1

Los Sabios, extraordinariamente sensibles a los matices del texto, advirtieron tres elementos llamativos en esta respuesta. El primero es que Dios ya le había dicho a Moshé: “Ellos te escucharán” (Éx. 3:18). La respuesta de Moshé parece contradecir la garantía previa de Dios. Es cierto que los comentaristas ofrecieron diversas interpretaciones conciliadoras. Ibn Ezra sugiere que Dios le había dicho a Moshé que los ancianos lo escucharían, mientras que Moshé expresaba dudas respecto de la masa del pueblo. Rambán sostiene que Moshé no dudaba de que al comienzo creerían, pero pensaba que perderían la fe tan pronto como vieran que el faraón no los dejaría salir. Hay otras explicaciones, pero el hecho permanece: Moshé no quedó satisfecho con la garantía divina. Su propia experiencia de la inconstancia del pueblo (uno de ellos, años antes, ya le había dicho: “¿Quién te puso por gobernante y juez sobre nosotros?”) lo llevaba a dudar de que fueran fáciles de conducir.

La segunda anomalía aparece en las señales que Dios le dio a Moshé para autenticar su misión. La primera (el bastón que se convierte en serpiente) y la tercera (el agua que se transforma en sangre) reaparecen más adelante en la historia. Son señales que Moshé y Aarón realizan no solo ante los israelitas, sino también ante los egipcios. La segunda, en cambio, no vuelve a aparecer. Dios le dice a Moshé que ponga su mano dentro de su manto. Al sacarla, ve que se ha vuelto “leprosa como la nieve”. ¿Cuál es el significado de esta señal en particular? Los Sabios recordaron que más adelante Miriam fue castigada con lepra por hablar negativamente de Moshé (Bamidbar 12:10). En general, entendieron la lepra como un castigo por lashón hará, el habla denigrante. ¿Había sido Moshé, acaso, culpable del mismo pecado?

El tercer detalle es que, mientras que las otras negativas de Moshé se centraban en su propio sentimiento de insuficiencia, aquí no habla de sí mismo sino del pueblo. Ellos no le creerán. Al unir estos tres puntos, los Sabios llegaron al siguiente comentario:

Dijo Resh Lakish: Quien alberga sospechas contra los inocentes será castigado en su cuerpo, como está escrito: “Moshé respondió: Pero no me creerán”. Sin embargo, era sabido para el Santo, Bendito Sea, que Israel sí creería. Él dijo a Moshé: “Ellos son creyentes, hijos de creyentes, pero tú, al final, no creerás. Ellos son creyentes, como está escrito: ‘Y el pueblo creyó’” (Éx. 4:31). Hijos de creyentes, como está escrito: “Y él [Abraham] creyó en el Señor.” Pero tú, al final, no creerás, como está dicho: “Porque no creíste en Mí” (Núm. 20:12). ¿Cómo sabemos que fue castigado? Porque está escrito: “Y el Señor le dijo: ‘Pon tu mano dentro de tu manto’.” (Éx. 4:6)

Shabat 97a

Este es un pasaje extraordinario. Ahora queda claro que Moshé tenía derecho a dudar de su propia idoneidad para la tarea. Lo que no tenía derecho a hacer era dudar del pueblo. De hecho, sus dudas estaban ampliamente justificadas. El pueblo era conflictivo. Moshé los llama un “pueblo de dura cerviz”. Una y otra vez, durante los años en el desierto, se quejaron, pecaron y quisieron volver a Egipto. Moshé no se equivocaba en su evaluación de su carácter. Sin embargo, Dios lo reprende; más aún, lo castiga haciendo que su mano se vuelva leprosa. Aquí se insinúa por primera vez un principio fundamental del liderazgo judío: un líder no necesita fe en sí mismo, pero debe tener fe en el pueblo que está llamado a conducir.

Es una idea de enorme importancia. El filósofo político Michael Walzer ha escrito con agudeza sobre la crítica social, en particular acerca de dos posturas que el crítico puede adoptar frente a aquellos a quienes critica. Por un lado está el crítico como outsider. En cierto momento, comenzando en la antigua Grecia:

Al desafío se le añadió el distanciamiento en el autorretrato del héroe. El impulso fue platónico; más tarde fue estoico y cristiano. Se decía entonces que la empresa crítica requería abandonar la ciudad, imaginada para justificar la partida como una caverna oscura, encontrar el camino, en soledad, hacia la iluminación de la Verdad, y solo entonces regresar para examinar y reprobar a los habitantes. El crítico-que-regresa no se compromete con el pueblo como con sus iguales; los observa con una nueva objetividad; son extraños frente a su Verdad recién descubierta.

Este es el crítico como intelectual distanciado. Los profetas de Israel eran muy distintos. Su mensaje, escribe Johannes Lindblom, estaba “caracterizado por el principio de la solidaridad”. “Están arraigados, pese a toda su ira, en sus propias sociedades”, escribe Walzer. Como la mujer sunamita (Reyes II 4:13), su hogar está “en medio de su propio pueblo”. Hablan no desde afuera, sino desde adentro. Eso es lo que da fuerza a sus palabras. Se identifican con aquellos a quienes se dirigen. Comparten su historia, su destino, su vocación, su pacto. De allí el particular pathos del llamado profético. Son la voz de Dios ante el pueblo, pero también la voz del pueblo ante Dios. Eso es, según los Sabios, lo que Dios estaba enseñándole a Moshé: lo que importa no es si ellos creen en ti, sino si tú crees en ellos. A menos que creas en ellos, no podrás liderar del modo en que un profeta debe liderar. Debes identificarte con ellos y tener fe en ellos, viendo no solo sus fallas superficiales sino también sus virtudes profundas. De lo contrario, no serás mejor que un intelectual distanciado, y ese es el comienzo del fin. Si no crees en el pueblo, finalmente ni siquiera creerás en Dios. Te sentirás superior a ellos, y eso es una corrupción del alma.

El texto clásico sobre este tema es la Epístola sobre el martirio de Maimónides. Escrita en 1165, cuando Maimónides tenía treinta años, surgió a raíz de un período trágico de la historia judía medieval, cuando una secta musulmana extremista, los almohades, obligó a muchos judíos a convertirse al islam bajo amenaza de muerte. Uno de los conversos forzados (llamados anusím; más tarde serían conocidos como marranos) preguntó a un rabino si podía obtener mérito cumpliendo en secreto tantas mitzvot de la Torá como le fuera posible. El rabino respondió con desdén. Ahora que había abandonado su fe, escribió, no lograría nada viviendo secretamente como judío. Cualquier acto judío que realizara no sería un mérito sino un pecado adicional.

La Epístola de Maimónides es una obra de belleza espiritual incomparable. Rechaza de manera absoluta la respuesta del rabino. Quienes observan el judaísmo en secreto deben ser elogiados, no censurados. Cita una serie de pasajes rabínicos en los que Dios reprende a profetas que criticaron al pueblo de Israel, incluido el pasaje anterior sobre Moshé. Luego escribe:

Si este es el tipo de castigo infligido a los pilares del universo – Moshé, Elías, Isaías y los ángeles ministrantes – por haber criticado brevemente a la congregación de Israel, ¿puede uno imaginar el destino del más insignificante de los indignos [es decir, el rabino que criticó a los conversos forzados] que soltó su lengua contra comunidades judías de Sabios y de sus discípulos, sacerdotes y levitas, y los llamó pecadores, malvados, gentiles, inhabilitados para testificar y herejes que niegan al Señor, Dios de Israel?

La Epístola es una expresión definitiva de la tarea profética: hablar desde el amor por el propio pueblo; defenderlo, ver lo bueno que hay en él y elevarlo a logros más altos mediante el elogio, no la condena.

¿Quién es un líder? A esto, la respuesta judía es: aquel que se identifica con su pueblo, consciente de sus defectos, sin duda, pero también convencido de su potencial grandeza y de su preciosidad a los ojos de Dios. “Esas personas sobre las que tienes dudas”, le dijo Dios a Moshé, “son creyentes, hijos de creyentes. Son Mi pueblo, y son tu pueblo. Así como crees en Mí, debes creer en ellos.”


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  1. ¿Por qué creer en las personas puede ser más difícil que creer en una idea o en una misión?  Yaakov y Esav recibieron bendiciones. ¿Qué nos enseña esto sobre cómo el plan de Dios puede incluir más de una “verdad” a la vez?
  2. ¿Cómo debería un líder equilibrar la fe en su pueblo con la capacidad de ver también sus defectos? 
  3. ¿De qué manera la fe en los demás cambia la forma en que hablamos de ellos?  

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