Tomándolo como algo personal

Koraj5771, 5784

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Cuando leemos la historia de Koraj, nuestra atención suele estar enfocada en los rebeldes. No le damos tanta importancia a la respuesta de Moshé como deberíamos. ¿Estuvo bien? ¿Estuvo mal? Es una historia compleja. Como explica Ramban, no es accidental que la rebelión de Koraj sucediera después del episodio de los espías. En tanto y en cuanto el pueblo tenía la expectativa de entrar a la Tierra Prometida, tenían mucho más que perder que lo que podían ganar si desafiaban el liderazgo de Moshé. Él había negociado exitosamente todos los obstáculos del pasado. Él era su mejor esperanza. Pero ahora una generación entera estaba condenada a morir en el desierto. Ahora no tenían nada que perder. Cuando un pueblo no tiene nada que perder, se producen las rebeliones.

A continuación, examinaremos la constitución de los propios rebeldes. Queda claro de la narrativa que no eran un grupo uniforme o unificado. Malbim explica que había tres grupos diferentes, cada uno con sus propio reclamo y su propia agenda. Primero estaba el propio Koraj, primo de Moshé. Moshé era hijo del hijo mayor de Kehat, Amram. Como hijo del segundo hijo de Kehat, Ytzhar, Koraj sentía que le correspondía tener el segundo puesto de liderazgo, el de Sumo Sacerdote.

En segundo lugar, estaban Datán y Aviram, que sentían que les correspondía tener posiciones de liderazgo como hijos de Reubén, el hijo mayor de Yaakov.

Tercero, estaban los otros 250, descritos en la Torá como “Príncipes de la Asamblea, famosos en la congregación, hombres de renombre.” Es posible que hayan sentido que habían ganado su derecho a ser líderes basados en la meritocracia, o, como sugiere Ibn Ezra, que eran primogénitos que sentían resentimiento por el hecho de que les fue quitado el rol de ser ministros de Dios y le fue entregado a los levitas después del pecado del Becerro de Oro. Una coalición de los descontentos por diferentes motivos: así es como suelen empezar las rebeliones.

¿Cuál fue la reacción de Moshé a la rebelión? Su primera respuesta fue proponer una prueba simple y decisiva: que cada uno traiga una ofrenda de incienso, y que Dios decida qué ofrenda aceptar. Pero la respuesta despectiva e insolente de Datán y Aviram parece enervarlo. Se vuelve hacia Dios y dice:

“No aceptes su ofrenda. No he tomado siquiera un burro de ellos, ni les he hecho daño.”

Núm. 16:15

Pero ellos no habían dicho que él lo hubiera hecho. Esa es la primera nota discordante.

Entonces Dios amenaza con castigar a toda la congregación. Moshé y Aarón interceden en su defensa. Dios le dice a Moshé que separe a la comunidad de los rebeldes para que no queden atrapados en el castigo, cosa que Moshé hace. Pero después hace algo sin precedentes. Dice:

“Así es como sabrán que fue el Señor quien me envió para hacer todas estas cosas y que no fue mi idea: si estos hombres mueren una muerte natural y sufren el destino de toda la humanidad, entonces el Señor no me ha enviado. Pero si el Señor trae sobre ellos algo totalmente nuevo, y la tierra abre su boca y los traga, con todo lo que les pertenece, y descienden en vida al dominio de los muertos, entonces sabrán que estos hombres han tratado al Señor con desprecio.”

Núm. 16:28-30

Esta fue la única vez que Moshé le pidió a Dios que castigue a alguien, y la única vez que lo desafío a realizar un milagro.

Dios hace como Moshé pide. Naturalmente esperamos que esto marque el fin de la rebelión: Dios ha enviado un signo inequívoco de que Moshé estaba en lo cierto, y los rebeldes equivocados. Pero no es así. Lejos de terminar con la rebelión, la situación escala:

Al día siguiente toda la comunidad de Israel se queja ante Moshé y Aarón: “Ustedes han matado al pueblo del Señor,” dijeron.

Núm. 17:6

El pueblo se reúne alrededor de Moshé y Aarón como si fueran a atacarlos. Dios comienza a castigar al pueblo con una plaga. Moshé le dice a Aarón que realice expiación y eventualmente la plaga se detiene. Pero unas 14.700 personas han muerto. No es sino hasta que una demostración un tanto diferente tiene lugar – cuando Moshé toma doce varas representando a las doce tribus, y la de Aarón brota y florece y da frutos – que la rebelión finalmente termina.

Es difícil evitar la conclusión de que la intervención de Moshé, desafiando a Dios a hacer que la tierra se trague a sus oponentes, fue un error trágico. Si es así, ¿qué clase de error fue?

El experto en liderazgo de Harvard, Ronald Heifetz, sostiene que es esencial para un líder distinguir entre el ser y el rol. Un rol es una posición que ejercemos. El ser es quien somos. El liderazgo es un rol. No es una identidad. No es quienes somos. Por lo tanto un líder nunca debe tomar un ataque a su liderazgo como algo personal:

Es un estratagema habitual personalizar el debate acerca de diversos asuntos como una estrategia para sacarte de combate… Tú quieres responder cuando eres atacado… Quieres saltar al campo de batalla cuando eres descrito erróneamente… Cuando alguien te ataca personalmente, la reacción reflexiva es tomárselo como algo personal… Pero ser criticado por personas por las que sientes aprecio es casi siempre una parte de ejercer el liderazgo… Cuando te tomas ataques personales como algo personal, involuntariamente conspiras en una de las formas más comunes en que puedes ser sacado de combate – te conviertes a tí mismo en el problema.[1]

Moshé se toma la rebelión como algo personal dos veces. Primero, se defiende ante Dios después de ser insultado por Datán y Aviram. Segundo, pide a Dios que en forma milagrosa y decisiva demuestre que él – Moshé – es el líder elegido por Dios. Pero Moshé no era el problema. Ya había tomado el curso de acción adecuado cuando propuso la prueba de la ofrenda de incienso. Eso habría resuelto el problema. Acerca de la razón subyacente por la cual la rebelión fue posible – el hecho de que el pueblo estaba devastado al saber que no vivirían para entrar en la Tierra Prometida, no había nada que Moshé pudiera hacer.

Moshé se dejó provocar por la declaración de Koraj, “¿por qué se ponen por encima de la asamblea del Señor?” y por el comentario ofensivo de Datán y Aviram, “¡Y ahora quieres mandar sobre nosotros!” Estos eran ataques profundamente personales, pero al tomarlos así, Moshé le permitió a sus oponentes definir los términos del enfrentamiento. Como resultado, el conflicto se intensificó en vez de apaciguarse.

Es difícil no ver este como el primer signo del fallo que eventualmente le costaría a Moshé su oportunidad de liderar al pueblo en su entrada en la tierra. Cuando, casi cuarenta años más tarde, le dice al pueblo que reclama por la falta de agua, “Escuche, rebeldes, ¿acaso nosotros debemos darles agua de esta roca?” (Núm. 20:10), demuestra la misma tendencia a personalizar el problema (“¿acaso nosotros debemos darles agua de esta roca?”) – cuando en realidad nunca se trató de “nosotros” sino de Dios.

La Torá es devastadoramente honesta acerca de Moshé, como lo es de todos sus héroes. Los humanos son simplemente humanos. Hasta los más grandes cometen errores. En el caso de Moshé, sus más grande fortaleza fue también su más grande debilidad. Su enojo ante la injusticia lo distinguió como líder en primer lugar. Pero se permitió a sí mismo ser provocado en el enojo por el pueblo que lideraba, y fue esto, según Rambam (Ocho capítulos, capítulo 4), lo que eventualmente provocó que no pudiera entrar a la Tierra de Israel.

Heifetz escribe:

“Recibir el enojo… es una tarea sagrada… Soportar el calor con gracia comunica respeto por los dolores del cambio.”[2]

Después del episodio de los espías, Moshé se enfrentó a una tarea casi imposible. ¿Cómo lideras a un pueblo cuando saben que ellos no podrán alcanzar su destino en vida? Al final, lo que acalló la rebelión fue la vara de Aarón, un pedazo de madera seca que volvió a la vida, dando flores y frutas. Quizás esto no se trataba sólo de Aarón sino de los propios israelitas. Habiéndose considerados condenados a morir en el desierto, quizás ahora se dan cuenta que ellos también han dado frutos – sus hijos – y que serían ellos quienes completarán la travesía que sus padres comenzaron. Al final, ese fue su consuelo.

De todos los desafíos del liderazgo, no tomar las críticas como algo personal y mantener la calma cuando las personas a las que lideras están enojadas contigo, puede ser el más grande. Puede ser por eso que la Torá dice lo que dice acerca de Moshé, el más grande líder que haya vivido. Es una advertencia para las futuras generaciones: si hay momentos en los que te sientes dolido por el enojo de las personas, consuélate. Así lo hizo Moshé. Pero recuerda el precio que pagó Moshé, y permanece calmado.

Aunque parezca lo contrario, el enojo al que te enfrentas no tiene nada que ver contigo como persona y todo que ver con lo que representas. Despersonalizar los ataques es la mejor forma de manejarlos. Las personas se enojan cuando los líderes no pueden hacer desaparecer mágicamente una realidad difícil. En tales circunstancias, los líderes son llamados a aceptar el enojo con gracia. Esa es una tarea realmente sagrada.


[1] Ronald Heifetz and Marty Linsky, Leadership on the Line, Harvard Business School Press, 2002, pp. 130, 190-191.

[2] Ibid. 142, 146


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  1. De qué otra forma la historia de los espías podría haber influenciado la rebelión de Koraj?
  2. ¿Qué crees que aprendió Moshé de esta rebelión?
  3. ¿Cómo crees que los líderes deben responder a las críticas?

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