El amor como ley, la ley como amor

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A primera vista, las conexiones entre la parashá y la haftará de Bamidbar son escasas. La primera tiene que ver con la demografía. Bamidbar comienza con un censo del pueblo. La haftará comienza con la visión de Hoshea de un tiempo en el que “el número de los hijos de Israel será como la arena a la orilla del mar, que no puede medirse ni contarse”. Hubo un tiempo en que los israelitas podían ser contados; llegará el día en que serán incontables. Ese es un contraste entre el futuro y el pasado.

La segunda conexión es más profunda. La parashá y el libro que lleva su nombre se llaman Bamidbar, que significa “en el desierto”. El libro trata sobre los años en el desierto tanto en un sentido físico como espiritual: un tiempo de vagar y conflicto interno. Hoshea, sin embargo, prevé un tiempo en el que Dios traerá de regreso al pueblo al desierto y allí celebrará una segunda luna de miel:

". . . La llevaré al desierto
y hablaré a su corazón . . .
Allí responderá como en los días de su juventud,
como en el día en que salió de Egipto."

Hoshea 2:14

Lo que da a la haftará su resonancia especial, sin embargo, es el hecho de que Bamidbar siempre se lee en el Shabat anterior a Shavuot, la festividad de la entrega de la Torá en el Monte Sinaí. El hecho de que la tradición haya escogido este pasaje profético entre todos los demás nos dice algo profundamente conmovedor sobre cómo el pueblo judío entendió esta festividad, y sobre la propia Torá como la conexión viva entre un pueblo y Dios.

La historia de Hoshea es una de las más extrañas de esa gran cadena de visionarios que llamamos los Profetas. Es la historia de un matrimonio. El profeta se casó con una mujer llamada Gómer. Estaba profundamente enamorado de ella. Podemos inferirlo porque, de todos los profetas, Hoshea es el más elocuente y apasionado sobre el tema del amor. Gómer, sin embargo, resultó infiel. Abandonó el hogar, tuvo una serie de amantes, fue repetidamente infiel y finalmente se vio obligada a venderse como esclava. Sin embargo, Hoshea, atrapado entre la ira y el anhelo tierno, descubrió que no podía renunciar a su amor por ella.

En un destello de intuición profética, Dios le hace comprender que su propia experiencia personal refleja la relación entre Dios y los israelitas. Él los había rescatado de la esclavitud, los había guiado por el desierto y los había llevado a su nuevo hogar, la tierra de Israel. Pero el pueblo resultó infiel. Adoraron a otros dioses. Fueron promiscuos en sus vínculos espirituales. En justicia, dice Dios, debería haberlos abandonado. Debería haberlos llamado (como el profeta llamó a su tercer hijo) Lo-ammi, “ustedes no son Mi pueblo”. Sin embargo, el amor de Dios es inextinguible. Él tampoco puede soltarlos. Cualesquiera sean los pecados del pueblo, Él los traerá de regreso al desierto, el escenario de su primer amor, y su matrimonio será renovado.

El Talmud, en Pesajim, ofrece un relato extraordinario del diálogo entre Dios y Hoshea – la historia no escrita del episodio que precede al capítulo 1 del libro de Hoshea.

El Santo, bendito sea, le dice a Hoshea: “Tus hijos han pecado”. Ante esto, el profeta debería haber respondido: “Son Tus hijos, los hijos de Tus amados, Abraham, Itzjak y Yaakov. Ten misericordia de ellos”. No solo no dijo esto, sino que lo que realmente dijo fue: “Señor del universo, el mundo entero es Tuyo. Cámbialos por otra nación”. El Santo, bendito sea, dijo: “¿Qué haré con este anciano? Le diré que vaya y se case con una prostituta y tenga hijos con ella. Luego le diré que la expulse. Si puede hacerlo, entonces Yo también expulsaré a Israel”.

Hay pocos pasajes más reveladores en toda la literatura rabínica. Si tuviera que resumirlo, diría: ¿Quién es un líder del pueblo judío? Solo aquel que ama al pueblo judío. Al leer la literatura profética, es fácil ver a los profetas como críticos sociales. Ven las fallas del pueblo; las dicen en voz alta; su mensaje suele ser negativo, anunciando desastre. El Talmud nos está diciendo que esa visión es superficial y pierde el punto esencial. Los profetas amaban a su pueblo. Hablaban no desde la condena sino desde las profundidades de un profundo deseo. Sabían que Israel era capaz de grandes cosas y había sido llamado a ellas. Nunca criticaron para distanciarse, para colocarse por encima y aparte. Hablaron con amor – el amor de Dios. Por eso, en las noches más oscuras de Israel, los profetas siempre tenían un mensaje de esperanza.

Hay un versículo en la haftará tan profundo que merece especial atención. Dios le está diciendo al profeta acerca del tiempo futuro en el que traerá de regreso a Su pueblo a los lugares que una vez visitaron, el desierto donde prometieron por primera vez su amor, y allí renovarán su relación:

"En aquel día – declara el Señor – Me llamarás ‘mi esposo’; ya no Me llamarás ‘mi amo’."

Las resonancias de esta frase son imposibles de captar en la traducción. Las palabras clave en hebreo son Ish y Baal, y ambas significan “esposo”. Hoshea nos está hablando de dos tipos de relaciones matrimoniales – y dos tipos de cultura.

Una está señalada por la palabra Baal, que no solo significa “esposo” sino que también es el nombre del dios cananeo. Baal, una de las figuras centrales del panteón del antiguo Cercano Oriente, era el dios de la tormenta y del relámpago, y el dios de la fertilidad que envía la lluvia para fecundar la tierra. Era la deidad masculina que representaba el sexo y el poder a escala cósmica.

Hoshea, jugando con el nombre, insinúa el tipo de mundo que surge cuando se adora el sexo y el poder. Es un mundo sin lealtades, donde las relaciones son casuales y las personas son utilizadas y luego descartadas. Un matrimonio basado en la palabra Baal es una relación de dominación masculina en la que las mujeres son usadas y no amadas, poseídas y no honradas. La palabra Baal significa, entre otras cosas, “dueño”.

Frente a esto, Hoshea describe un tipo diferente de relación. Aquí, su recurso literario no es el juego de palabras sino la cita. Al usar la palabra Ish para describir la relación entre Dios y Su pueblo, el profeta está evocando un versículo al comienzo de Génesis – las palabras del primer hombre al ver a la primera mujer:

"Esta vez sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne; será llamada ‘mujer’ porque fue tomada del hombre."

Gén. 2:23

Con gran audacia, Hoshea sugiere que la creación de la mujer a partir del hombre refleja la creación de la humanidad a partir de Dios. Primero son separados, luego son reunidos nuevamente, pero ahora como dos personas distintas, cada una de las cuales respeta la integridad de la otra. Lo que los une es un nuevo tipo de relación construida sobre la fidelidad y la confianza.

Cómo entendemos la entrega de la Torá depende de cómo vemos la relación entre Dios y el pueblo que Él eligió para ser Sus testigos especiales en la tierra. Inevitablemente, el lenguaje del judaísmo cuando habla de Dios es metafórico. Lo Infinito no puede ser contenido en categorías finitas. Las metáforas que utilizan los profetas son muchas. Dios es, entre otras cosas, Artista, Creador, Rey, Amo, Guerrero, Pastor, Juez, Maestro, Redentor y Padre. Desde el punto de vista de Dios-como-rey, la Torá es el código de leyes que Él ordena para el pueblo que gobierna. Desde la perspectiva de Dios-como-padre-y-maestro, representa las instrucciones que da a Sus hijos acerca de cómo deben vivir mejor. Adoptando la imagen de Artista-Creador, los místicos judíos a lo largo de las generaciones vieron la Torá como la arquitectura del universo, la estructura profunda de la existencia.

Sin embargo, de todas las metáforas, la más hermosa y más íntima era la de Dios como esposo, con Israel como Su novia. Isaías dice:

"Porque tu Creador es tu esposo, el Señor Todopoderoso es Su nombre . . ."

Isaías 54:5

Asimismo, Irmiahu:

"‘Regresen, pueblo infiel’, declara el Señor, ‘porque Yo soy su esposo.’"

Irmiahu 3:14

Así describe Iejezkel el matrimonio entre Dios e Israel en los días de Moshé:

"Más tarde pasé junto a ti, y cuando te vi y observé que tenías edad para el amor, extendí el borde de Mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez. Te hice un juramento solemne y entré en un pacto contigo – declara el Señor Dios – y te convertiste en Mía."

Iejezkel 16:8

Desde esta perspectiva, la Torá es más que una constitución y un código de leyes, más que un conjunto de instrucciones o incluso el ADN metafísico del universo. Es un contrato matrimonial – una señal y un gesto de amor.

Cuando la atracción, esa más fugaz de las emociones, busca perpetuarse como amor, toma la forma del matrimonio: el matrimonio como pacto, en el cual ambas partes se comprometen mutuamente, a ser leales, firmes, a permanecer juntas tanto en tiempos difíciles como en tiempos buenos y a lograr juntas aquello que ninguna podría hacer sola. Un matrimonio no se crea por fuerza o coerción sino por palabras – la palabra dada, la palabra recibida, la palabra honrada con fidelidad y confianza. Existen leyes del matrimonio (las responsabilidades respectivas del esposo y la esposa), pero el matrimonio, en su esencia, es más que un conjunto desapasionado de obligaciones y derechos. Es ley impregnada de amor, y amor traducido en ley. Eso, según esta metáfora, fue el acontecimiento del Sinaí.

El supremo poeta del matrimonio fue Hoshea. Al leer esta haftará en el Shabat antes de Shavuot, hacemos una afirmación trascendental: que al entregar la Torá a Israel, Dios no estaba afirmando Su poder, dominio o señorío sobre Israel (lo que Hoshea quiere decir cuando utiliza la palabra baal). Estaba declarando Su amor. Por eso no es casualidad que las palabras con las que termina la haftará – entre las más hermosas de toda la literatura religiosa de la humanidad – sean las palabras que los hombres judíos recitan cada mañana de la semana mientras enrollan la correa del tefilín de la mano como un anillo de bodas alrededor de su dedo, renovando diariamente el pacto matrimonial del Sinaí:

"Te desposaré conmigo para siempre;
te desposaré conmigo en justicia y rectitud, amor y compasión;
te desposaré conmigo en fidelidad,
y conocerás a Dios."


questions spanish table 5783 preguntas paea la mesa de shabat
  1. ¿Nuestro pacto con Dios es similar a un contrato comercial? ¿Por qué crees que la Torá compara explícitamente nuestra relación con Dios con un matrimonio?
  2. ¿Cómo podría el acto de envolver el tefilín como un anillo de bodas cambiar la manera en que ves la plegaria?
  3. ¿Cuál es la diferencia entre cumplir las leyes por miedo y cumplirlas por amor?

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